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2022-03-25

PRIMAVERA 2022

 

La primavera la asociamos con lo nuevo, con el resurgimiento de la vida, con la esperanza, con lo limpio y floreciente. La primavera es en sí una metáfora, un recurso muy dado a echar mano de él los escritores y más concretamente los poetas. Está indisolublemente unida al amor.

 

Pero hablar de primavera en las condiciones actuales parece un sarcasmo. Lo fue en su día la Primavera de Praga y lo es ahora con la Primavera de Ucrania y lo son todos los lugares donde la guerra está enquistada en primavera, verano, otoño e invierno.

 

Cuando Decimos “no a la guerra” es una exigencia incondicional. No selecciono a quién condeno y a quién no. Es parar las guerras. Todas. No hay guerras buenas porque todas son un crimen contra la humanidad. Perdemos quienes no la hemos provocado y ganan los traficantes de armas o petróleo o poder. No es “si vis pacem, para belum” porque si tienes armas es porque quieres guerras. Todos tienen una excusa, real o provocada. Intereses geoestratégicos dicen. Es no invadir un territorio porque soy más fuerte. Ahora le toca a Putin, pero la historia se repite con Israel y los palestinos, Marruecos y los saharauis, Siria, Irak, Libia, Afganistán, Yemen… y otras tantas que parece que no existen porque no son noticia. O como el Donbass, que lleva ocho años siendo bombardeado precisamente por sus “hermanos” del oeste del país. Todo eso pasa en el mundo ante nuestro clamoroso silencio. Entre la montaña rusa y el sueño americano nos tienen pillados en un bucle mareante de irrealidad y desorientación, en un perverso juego de buenos y malos que no hemos elegido. Por eso, no a la guerra, es imprescindible, sin matices.

 

También lo es erigirse en el líder para el cambio a “un orden nuevo”. Me da escalofríos oír esta frase. Lo dijo el otro día Joe Biden, porque yo o valgo. Porque la rectitud y los valores que nos exigen a los gobernados, la deben tener antes los gobernantes.  No a la guerra es cooperación y solidaridad entre los pueblos.

Por terminar con la idea con la que he empezado esta estrada, trascribo un poema de Antonio Machado y pongo una foto que se puede ver pinchando AQUÍ o en la pestaña superior Imágenes.

 

La primavera besaba /suavemente la arboleda, /y el verde nuevo brotaba /como una verde humareda / Las nubes iban pasando sobre el campo juvenil…/Yo vi en las hojas temblando /las frescas lluvias de abril / Bajo ese almendro florido, /todo cargado de flor -recordé-, yo he maldecido /mi juventud sin amor / Hoy, en mitad de la vida, /me he parado a meditar…/¡Juventud nunca vivida /quién te volviera a soñar!

 

 

 

2018-03-30

EL DOBLE SENTIDO DE LOS SENTIDOS

Una metáfora es una expresión donde se transforma el sentido real o literal por otro que no se dice. Lo que se expresa tiene un sentido figurado. Es un recurso de estilo. Una figura literaria empleada abundantemente en la poesía, donde hay que estar muy atento para captar el verdadero sentir del autor. Si decimos: «ojos que no ven, corazón que no siente», nuestro cerebro lo traduce de inmediato, pero si lo que se dice es: «Era su cabellera obscura/ hecha de noche y de dolor», la cosa se complica. Aunque no nos demos cuenta, nuestro lenguaje está lleno de metáforas. Otra figura literaria es la Sinestesia. Consiste en atribuir una sensación (auditiva, olfativa, visual, gustativa, táctil) a un objeto al cual no le corresponde convencionalmente. La etimología de esta palabra es “sensación o sentido”. Una persona sinestésica puede oír colores, ver sonidos, percibir sensaciones de gusto al tocar una textura determinada. En este párrafo empleo nueve veces palabras relacionadas con sentir que es a donde quería llegar. No se trata de hablar de metáforas ni de sinestesia.

 

Todos los sentidos tienen una función específica y muy marcada que conocemos de sobra. Diría que son alertas de nuestro cuerpo para la supervivencia. Así el oído sirve para oír pero no importa qué. Puede ser una música o una explosión. Podemos ver el oleaje de una playa paradisíaca o un tsunami devastador. Palpar un rostro o un espino. Pero existen otras cualidades, digamos paralelas o complementarias que no vienen con la propia naturaleza, sino que las hemos ido incorporando los humanos y que les otorga un matiz que les da un valor añadido. O mejor, que le dan el verdadero sentido. Posteriormente el cerebro deberá interpretar

 

El lenguaje está plagado de expresiones que usan palabras derivadas de sentido: sentir, sentimiento, sensato, sentimental, sensibilidad, sensación, sensitivo, sensible, sensiblero, sensual, consentir, asentir, disentir, presentir, consentido, contrasentido, resentido, perder el sentido, doble sentido, cambiar el sentido, dar sentido, sentido figurado. Otras muchas expresiones se refieren a cada uno de los sentidos específicos, lo que da una imagen de su importancia.

 

Tener olfato para los negocios y las oportunidades o para saber si algo te conviene o te perjudica. El olfato es el sentido que mejor te transporta a un lugar donde has estado o a una época pasada. Dicen que a cierta edad se pierde vista y capacidad auditiva, pero se agudiza el olfato.

La vista parece a priori que es el más importante por el que recibimos más información vital, pero también parece el más indiscreto, especialmente cuando buscamos información de otras personas, porque la mirada nos delata.

El oído también trae recuerdos mediante los sonidos, pero parece que en menor medida que los olores. Es importante para captar los matices de una conversación que nos darán la clave del verdadero sentido.

El tacto es muy discreto, diría que caballeroso. Normalmente deja el protagonismo a los demás. El sentido metafórico del tacto falla con muchos a quienes se les considera unos metepatas. Gente que ha perdido el sentido de la oportunidad. Parece que también se va perdiendo con la edad, uno se vuelve cascarrabias y cada vez importa menos herir sensibilidades.

El gusto es el sentido que nos alimenta, porque si no apreciáramos el gusto por la comida, duraríamos poco. Quién tiene buen gusto es más apreciado que quien tiene cualquier otro, por encima incluso de quien tiene buena vista o buen olfato para, por ejemplo, las oportunidades. Este sentido es especialmente polivalente porque funciona de diferente manera. Lo que gusta a uno puede desagradar a otro. Dicen que para gustos están los colores. Además el gusto tiene categoría propia, la de gustar las cosas. Por todo esto lo catalogaría como el más refinado.

 

En realidad, aunque todas estas cosas se las imputemos a los sentidos, el mérito debemos atribuirlo a nuestro cerebro que ha procesado toda esa información sensorial  recibida y se ha decantado por aquello que más le gusta. Por mucho que un melómano estuviera oyendo su mejor pieza interpretada por su orquesta preferida, si huele a humo, saldría por piernas. Es lo que se llama el sexto sentido. Ese salto cualitativo posterior a nuestras percepciones sensoriales más, digamos, mecánicas, porque me consta que los animales también tienen esa cualidad. La virtud de esta función paralela de los sentidos es que puede ir cambiando con el tiempo o con las realidades de cada uno. Intuición y sexto sentido son consecuencia de la experiencia acumulada en el cerebro.

 

Los gustos cambian pero no cambia la función stricto sensu, aunque seguro que la edad nos los irá menguando hasta que llegaremos a un punto en el que nuestra vida carecerá de sentido.