6/5/16

EL PSIQUIÁTRICO PUEDE ESPERAR

Hoy se cumple otra década desde cuando empecé a escribir mi primer diario. Pero todo cambia. Del papel escrito a puño y letra se dio paso a la página web personal. Cambia la materia, las formas y cambian las personas.

Uno va cumpliendo años y hace cosas que jamás habría imaginado. Muchas, como los blogs, porque ni siquiera existían hace una década; otras porque la edad te hace cambiar, si no el fondo, sí la percepción de la vida. Se relativiza más. Puedes desechar algunos intereses y asumir otros. Se da importancia a facetas que antes pasaban por alto o dejabas para más adelante. Y esto va pasando a lo largo de tu vida. A los veinte, a los cuarenta, a los sesenta, a los ochenta… si es que a esas alturas ya no estás cansado y de vuelta de todo, o hace tiempo que, con suerte, no eres más que un recuerdo difuso.

Yo llevo un tiempo con un interés creciente por la observación de mi entorno más inmediato. Barrios, calles, rincones viejos o nuevos son objeto de mi fisgoneo. Hace unos días entré por primera vez en lo que coloquialmente se le conocía como El Tejado colorado. Naturalmente el nombre lo toma del color de sus tejas que destacaban del entorno. Ahora es el Hospital Psiquiátrico. Siempre lo ha sido. No entré como paciente ni como visitante, únicamente fue la curiosidad de tenerlo ahí toda la vida y no conocerlo por dentro.

De estos centros tuve una percepción distorsionada de la realidad. Tiempo atrás lo relacionaba, sin llegar a los terribles experimentos con judíos del Dr. Mengele, con prácticas y métodos poco científicos como las terapias de electroshock, tratamientos farmacológicos masivos o aislamientos en celdas. No digo que esto haya desaparecido, porque todavía persisten, pero la sensación que tuve en mi visita fue más amable. También hay que decir que recorrí muchos pasillos pero me quedó la sensación de que existía una sección más profunda e inaccesible. Supongo que, aquí también, hay grados.

Me crucé con algunos internos. Todos me saludaron y a todos se les notaba el estigma de la demencia. Uno se agarraba a un radiador, otro limpiaba un cristal, otro intentaba comerse un bollo untando en el café pero con poca fortuna y otra se hacía la remolona ante la insistente llamada de la sanitaria. A mi salida no se me echó encima ningún celador como quien atrapa a un fugitivo.

Después de esta experiencia me pregunto cuál es la percepción de la vida que tienen estas personas con trastornos. Cuáles son sus intereses, sus ilusiones, sus aspiraciones. Qué esperan de la vida y qué les ofrece esta. Y esto me hace volver al principio de este escrito y, todavía más,  afianzar la convicción de que en la vida todo es relativo.

El edificio me gustó. Construido en 1904 guarda su estructura y su decoración característica de principios de siglo XX. Pasillos azulejados, limpios y bien cuidados. Métodos, instrumentales y personal doy por hecho que han evolucionado con los tiempos.

Pinchando en la pestaña superior Imágenes  cuelgo una foto de uno de sus pasillos que refleja ese ambiente constructivo, pero no el otro del que he hablado.