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8 de abril de 2018

EL GRITO

NOTA PREVIA: Este relato corresponde al que este mes he presentado en el taller de https://www.literautas.com/. No pensaba participar, pero como la temática era la misma que la de un relato que presenté el año pasado: que el protagonista fuera un escritor con miedo al folio en blanco, es decir, sin ideas , me he permitido hacer un copia y pega con unos ajustes mínimos para encajar las palabras del reto de esta ocasión: lencería, lápiz, limón y publicarlo en este blog.

EL GRITO

«Se giró al escuchar el grito.

—¡Adela!

Antes de que pudiera reaccionar, el autobús la golpeó con fuerza arrollándola unos metros entre las ruedas.
A pesar de encontrarse aturdida, la primera reacción fue la de incorporarse. Enseguida comprobó  que no se podía mover. Adela quedó tendida boca arriba viendo cómo la gente se  arremolinaba alrededor. Pudo distinguir que Alfonso le decía algo que no entendía. Tampoco pudo articular palabra pero, en su lugar, un hilillo de sangre brotó de su boca.

***

Se giró al escuchar el grito.

—¡Adela!

Antes de que pudiera reaccionar, Alfonso se abalanzó sobre ella. La estrechó con fuerza contra el pecho mientras le clavaba el estilete por la espalda cerca del corazón.
Adela hizo amago de correr pero enseguida comprobó que no se podía mover. Quedó exánime en los brazos de Alfonso viendo cómo las paredes se difuminaban y los objetos de alrededor desaparecían. Pudo distinguir que Alfonso le decía algo que no entendía. Tampoco pudo articular palabra pero, en su lugar, un hilillo de sangre brotó de su boca.

***
Se giró al escuchar el grito.

—¡Adela!

Antes de que pudiera reaccionar, se fundieron en un improvisado abrazo como tantas veces lo habían hecho.
Adela estaba perdidamente enamorada y quería casarse hace tiempo. Pudo distinguir que Alfonso le decía algo que, en un primer momento de éxtasis amoroso, no llegó a comprender.

—Creo que debemos dejarlo. Esta relación no funciona —susurró Alfonso—, necesito sentirme libre y contigo estoy prisionero.

Adela quedó paralizada. Abrió la boca para decir algo pero no pudo articular palabra, en su lugar una lágrima resbaló por la mejilla.»

—Oye Alfonso, ¡ya está bien! Vaya basura estás escribiendo. ¿Por qué tengo que salir yo siempre la peor parada en tus historias? ¿Es que la palabra grito no te inspira otra cosa que tragedia? Te sugiero, no sé, algo de ternura, un viaje romántico, la heroína de una aventura, una ejecutiva triunfadora...

—Tranquila Adela, no te lo tomes como algo personal. Esto no es nada más que ficción y solo ficción. Definitivamente hoy no es mi día —se lamentó Alfonso—. No se puede empezar de peor manera el mes. Sin una idea genial jamás podré componer un relato decente y mandarlo a tiempo al concurso ese de marras.

—A ver, céntrate en las traducciones de los prospectos que te mandan del laboratorio que es lo que te sale bien y, de paso, nos da de comer.

—Perdona cari, no lo puedo evitar. Creo que siento la llamada del arte. Lo mío tiene que ser la literatura. Solo espero que, en cualquier momento, me llegue la inspiración.

—Déjate de cuentitos que ya tenemos bastante con el que le echas a la vida.

Alfonso seguía a lo suyo. Como cada noche, se preparó un té con limón y cogió el lápiz para bosquejar lo que luego desarrollaría en el ordenador. Le gustaba divagar sin propósito alguno.

—Tú, ¿qué opinas? ¿Crees que un día llegaré…? no sé… Cuando me pongo a escribir, me sale una visión turbadora de la realidad. Los mundos de lo tenebroso y depravado son lugares comunes en donde mejor me hallo, son mi medio. Prefiero destacar lo espectacular, es lo que vende, lo que el lector demanda. Necesito este estado de maldad para explotar mi vena de escritor —continuaba Alfonso en voz alta.

—Pues, hala, termina pronto. En la cama te espera tu otra realidad. Por cierto, con lencería nueva, por si eso te inspira —concluyó Adela.

Para Alfonso siempre era lo mismo. Un conflicto de intereses contradictorios en una lucha tan desigual como absurda. Estas situaciones de estrés le producían un caos mental del que era incapaz de librarse; un ansia desmedida que, indefectiblemente, se traducía en la necesidad de hacer el amor. Esa noche hubo más pasión que nunca. Con el ardor que tienen los enamorados. Como si hiciera tiempo que no se hubieran visto y desfogaran todo el entusiasmo contenido.

Al día siguiente salieron de casa temprano repitiendo la misma rutina de siempre. Adela llegaba en quince minutos al despacho que estaba montando. Alfonso le acompañaba hasta cerca de su librería habitual, «ese territorio indefinido a medio camino entre la realidad y la fantasía» decía, donde solía pasar buena parte de la mañana ojeando las novedades y releyendo una y otra vez a los clásicos.  «Para inspirarme y tomar ideas». Se despedían con un cálido beso y una última mirada cargada de ternura.

Se giró al escuchar el grito:

—¡Alfonso!

 Antes de que pudiera reaccionar, el autobús lo golpeó con fuerza arrollándolo unos metros entre las ruedas.



30 de marzo de 2018

EL DOBLE SENTIDO DE LOS SENTIDOS

Una metáfora es una expresión donde se transforma el sentido real o literal por otro que no se dice. Lo que se expresa tiene un sentido figurado. Es un recurso de estilo. Una figura literaria empleada abundantemente en la poesía, donde hay que estar muy atento para captar el verdadero sentir del autor. Si decimos: «ojos que no ven, corazón que no siente», nuestro cerebro lo traduce de inmediato, pero si lo que se dice es: «Era su cabellera obscura/ hecha de noche y de dolor», la cosa se complica. Aunque no nos demos cuenta, nuestro lenguaje está lleno de metáforas. Otra figura literaria es la Sinestesia. Consiste en atribuir una sensación (auditiva, olfativa, visual, gustativa, táctil) a un objeto al cual no le corresponde convencionalmente. La etimología de esta palabra es “sensación o sentido”. Una persona sinestésica puede oír colores, ver sonidos, percibir sensaciones de gusto al tocar una textura determinada. En este párrafo empleo nueve veces palabras relacionadas con sentir que es a donde quería llegar. No se trata de hablar de metáforas ni de sinestesia.

 

Todos los sentidos tienen una función específica y muy marcada que conocemos de sobra. Diría que son alertas de nuestro cuerpo para la supervivencia. Así el oído sirve para oír pero no importa qué. Puede ser una música o una explosión. Podemos ver el oleaje de una playa paradisíaca o un tsunami devastador. Palpar un rostro o un espino. Pero existen otras cualidades, digamos paralelas o complementarias que no vienen con la propia naturaleza, sino que las hemos ido incorporando los humanos y que les otorga un matiz que les da un valor añadido. O mejor, que le dan el verdadero sentido. Posteriormente el cerebro deberá interpretar

 

El lenguaje está plagado de expresiones que usan palabras derivadas de sentido: sentir, sentimiento, sensato, sentimental, sensibilidad, sensación, sensitivo, sensible, sensiblero, sensual, consentir, asentir, disentir, presentir, consentido, contrasentido, resentido, perder el sentido, doble sentido, cambiar el sentido, dar sentido, sentido figurado. Otras muchas expresiones se refieren a cada uno de los sentidos específicos, lo que da una imagen de su importancia.

 

Tener olfato para los negocios y las oportunidades o para saber si algo te conviene o te perjudica. El olfato es el sentido que mejor te transporta a un lugar donde has estado o a una época pasada. Dicen que a cierta edad se pierde vista y capacidad auditiva, pero se agudiza el olfato.

La vista parece a priori que es el más importante por el que recibimos más información vital, pero también parece el más indiscreto, especialmente cuando buscamos información de otras personas, porque la mirada nos delata.

El oído también trae recuerdos mediante los sonidos, pero parece que en menor medida que los olores. Es importante para captar los matices de una conversación que nos darán la clave del verdadero sentido.

El tacto es muy discreto, diría que caballeroso. Normalmente deja el protagonismo a los demás. El sentido metafórico del tacto falla con muchos a quienes se les considera unos metepatas. Gente que ha perdido el sentido de la oportunidad. Parece que también se va perdiendo con la edad, uno se vuelve cascarrabias y cada vez importa menos herir sensibilidades.

El gusto es el sentido que nos alimenta, porque si no apreciáramos el gusto por la comida, duraríamos poco. Quién tiene buen gusto es más apreciado que quien tiene cualquier otro, por encima incluso de quien tiene buena vista o buen olfato para, por ejemplo, las oportunidades. Este sentido es especialmente polivalente porque funciona de diferente manera. Lo que gusta a uno puede desagradar a otro. Dicen que para gustos están los colores. Además el gusto tiene categoría propia, la de gustar las cosas. Por todo esto lo catalogaría como el más refinado.

 

En realidad, aunque todas estas cosas se las imputemos a los sentidos, el mérito debemos atribuirlo a nuestro cerebro que ha procesado toda esa información sensorial  recibida y se ha decantado por aquello que más le gusta. Por mucho que un melómano estuviera oyendo su mejor pieza interpretada por su orquesta preferida, si huele a humo, saldría por piernas. Es lo que se llama el sexto sentido. Ese salto cualitativo posterior a nuestras percepciones sensoriales más, digamos, mecánicas, porque me consta que los animales también tienen esa cualidad. La virtud de esta función paralela de los sentidos es que puede ir cambiando con el tiempo o con las realidades de cada uno. Intuición y sexto sentido son consecuencia de la experiencia acumulada en el cerebro.

 

Los gustos cambian pero no cambia la función stricto sensu, aunque seguro que la edad nos los irá menguando hasta que llegaremos a un punto en el que nuestra vida carecerá de sentido.



13 de marzo de 2018

AKELARRE


Parece que a los supersticiosos el trece y martes les da mal yuyu. Término que tiene que ver con la realización de actos mágicos de brujería. Hoy es ese día, pero a mí me la trae al pairo. Vamos, que me es indiferente, pero como el pasado mes participé con un relato en la página: www.literautas.com/ con un relato que iba de brujas, la ocasión la pintan calva. Las premisas para participar eran que la protagonista fuera una niña o niño, que se titulara «el poeta» o «la poetisa» y que tuviera 750 palabras o menos. Opté por hacer una mezcla de mitología, un toque de geografía e historia y un bastante de relato imaginario. 


En este blog lo titulo “Akelarre” y se puede ver pinchando aquí o en la pestaña superior RELATOS BREVES. Lo ilustro con una foto que se puede ver pinchando aquí o en la pestaña superior IMÁGENES. Para terminar de completarlo, la canción de Mikel Laboa a la que se hace referencia en el relato, se puede escuchar pulsando en el siguiente enlace:


https://www.youtube.com/watch?v=9JyNfyriAk0



6 de marzo de 2018

LA NIEVE

La nieve transforma el paisaje, altera nuestro ritmo de vida y nuestro ánimo. Puede causar alguna molestia rompiendo el ritmo frenético del ir y venir con las prisas de quien lo quiere todo para ayer, pero nuestro fondo más infantil, que permanece aletargado, se regocija.

La nieve da luz y alegría a unos días grises. Es un paréntesis cuando estamos instalados al abrigo del hogar. Mirando más al interior, físico y espiritual. La nieve es una invitación a salir a la calle o de nosotros mismos y contemplarla en todo su esplendor.

Al pasear temprano por un parque se oye el silencio solo interrumpido por el ruido de mis pisadas en la nieve virgen. Silencio que ni coches ni pájaros osan perturbar. Es el ambiente especial de la ciudad nevada. Solo algún chiquillo ríe o grita jugando con el blanco manto. Otros comienzan con una bola que se transformará en muñeco. Coger un puñado de nieve depositada en un banco, esponjosa, crujiente,  que parece seca, formar una bola y lanzarla para hacer diana a cualquier objeto, es un ritual que, nevada tras nevada, no me lo pierdo. 

Efímero, pues durará el tiempo que el dios sol nos lo permita. Después no quedará nada. Solo el recuerdo y la foto. Como la que se puede ver pinchando aquí o pulsando en la pestaña superior IMÁGENES.

11 de febrero de 2018

DONDE NUNCA PASA NADA

Además de la vorágine de las ciudades donde se vive más deprisa y las noticias se te amontonan sin dar tiempo a asimilarlas, hay remansos de paz donde, aparentemente, todo transcurre tranquilo. Son los pueblos, lugares campestres que consideramos idílicos, pero seguramente será durante un rato o un verano. Donde, según palabras de mi suegro, «la gente envejece, empobrece y embrutece».

 

Me comentaba el otro día una persona que vive en pueblo: «ya puedes llevar viviendo treinta años, pero como no seas de allí, no te enterarás de nada. Eso sí, ellos sabrán todo de ti». El concepto de vida privada no tiene dos direcciones.

Hay una corriente entre ciertos sectores de la progresía de irse a vivir a los pueblos en contacto con la naturaleza, Son los que los autóctonos denominan agropijos. Si eres de pueblo, joven y estás a la última, no pasa nada, pero si te has mudado de la urbe, ya no perteneces a los suyos.

Cuando de puertas adentro no hay novedad, hay que buscarla fuera, pero sin que se note. La discreción de los visillos es fundamental. Se espía al vecino por curiosidad y posiblemente también por envidia y se espía al forastero.  Siempre que voy a un pueblo pequeño tengo la absoluta certeza de que soy observado. Se puede llamar cotilleo, chismorreo, alcahueteo, comadreo o interés sin especificar. El que llega de fuera siempre aporta algo. Es quien trae noticias, las novedades y rompe la rutina. Esta forma de ser no sé si es debida a la agudeza connatural, fina, que se adquiere de forma espontánea al nacer más en contacto con la naturaleza, u obedece al dicho de que quien no tiene qué hacer, con el culo caza moscas.

 

Me pasó hace poco. Fui a un pueblo a enseñar una casa de la familia para la venta. Mi presencia ha sido siempre más bien escasa, lo que no obsta para que me tengan totalmente localizado a mí y a toda mi parentela tanto en línea directa como colateral.  Al día siguiente me llegó por un familiar la noticia de que habíamos vendido la casa. Lo más alucinante es que supieron la profesión de comprador, no sé si por revelación divina o por esa agudeza que he mencionado antes. El caso es que ni yo ni el picoleto en cuestión soltamos prenda al único lugareño con quien nos topamos y apenas cruzamos un leve saludo.  Habrá que convenir que era él -el lugareño- el portador de ese don especial.

 

Esta visión de la absoluta tranquilidad, donde nunca pasa nada como digo en el título de esta entrada, lugar idílico donde se envejece, empobrece y embrutece, supongo que, inevitablemente, habrá evolucionado. Casi todos los jóvenes y algunos mayores usan internet, manejan las redes sociales, se desplazan, se relacionan, leen. De otros no estoy tan seguro. Están muy aferrados al terruño. Cazurros hay en todas partes. Por ejemplo en mi ciudad. Puede que se  junten los cazurros propios con los de los pueblos y que sea contagioso. No hay más que ver los resultados que, elección tras elección, obstinadamente, la gente vota a los mismos corruptos, lo que confirma que les gusta y, confirma también, que a quienes reciben el voto les va bien que los votantes sigan siendo cazurros. Esto es así o es que no entiendo nada.

 

No quisiera que alguien, que siendo de pueblo pueda leer esto, se pueda sentir molesto. Tengo familiares, conocidos y excelentes amigos de pueblo que me dan mil vueltas en todos los aspectos y, además, me consta que leen este blog. Precisamente, si alguien lee esta entrada, puede ser cualquier cosa menos cazurra. En cualquier caso, el primero sería yo por vivir en una ciudad que es lo más parecido a un pueblo, donde la mayoría de la gente se resiste a salir del páramo.

 

Supongo que lo adecuado para vivir en esta aldea global que es el mundo, será ir alternando la city con la aldea a secas. La playa con la montaña y, entre medio, un viajecito por aquí y por allá. Para qué nos vamos a complicar la vida.




25 de enero de 2018

A MI PERRO NO LE GUSTAN LAS CAMPANAS

El título de esta entrada puede llevar a engaño porque, en realidad, yo no tengo perro, pero conozco a uno y, efectivamente, no le gusta ese sonido hiriente, capaz de dejarte una hipoacusia permanente a nada que, en un descuido, te expongas más de la cuenta. En cuanto las oye, huye del lugar si puede o se refugia debajo de la cama. Porque las campanas, como el cocido de la abuela, cada vez son menos como las de antes. Las inventaron los japoneses y eran de porcelana. Cuando pasaron a Corea y Vietnam se hicieron de bronce y en esas estamos.

Antaño igual servían para anunciar un nacimiento, una defunción, una boda o fuego, pero ahora mayoritariamente para molestar al vecino trasnochador y encolerizar al ateo. En la actualidad tienen un sonido más artificial. Muchas han sido electrificadas con dispositivos digitales informatizados a base de microprocesadores que regulan su toque, la intensidad del tañido y la modalidad del repique elegido. Algunas, incluso, tocan cancioncillas populares

 

 Únicamente me gusta el sonido de la campana mayor de la catedral de mi ciudad. Se llama María, la campana naturalmente. Tiene un sonido grave, no en vano está expresamente fabricada para que suene en la nota do. Cada golpeo está distanciado. Mover casi doscientos cincuenta kilos de badajo en un diámetro de dos metros y medio no es tarea sencilla. Marca un ritmo acompasado con una impronta de solemnidad. Destaca sobre el resto. Además, es únicamente en las fiestas importantes cuando la hacen sonar. Supongo que si ocurriera cada hora terminaríamos, ateos y no ateos, por aborrecerla.

 

Un paisano mío no contemporáneo, hermano de un afamado escritor, erudito doctor y cronista de cuanto acontecía en su entorno, hablaba de las gentes que poblaban esta zona en la que vivo, rodeada de montes —por lo que a sus habitantes, excluidos los de la ciudad, se les llama “cuencos”—, que abarca menos de trescientos kilómetros cuadrados, pero que acoge a una treintena larga de pueblos la mayoría diminutos. Con mucha ironía y malicia clasificaba a los cuencos en varios grupos: Los que oyen y ven la campana de la catedral, los que la ven sin oírla, los que la oyen sin verla y los más cazurros que ni la ven ni la oyen. Decir esto  hoy es políticamente incorrecto y, con seguridad, alejado de la realidad, máxime cuando les dedica unas cuantas lindezas del estilo de «lugareños de colmillo retorcido».

 



¿Y qué conclusión se puede sacar de todo esto? Pues, poniéndome filosófico en plan Aristóteles, plantearía un silogismo. Premisa 1: Los ateos aborrecen el sonido de las campanas. Premisa 2: A mi perro no le gusta el sonido de las campanas. Conclusión: Mi perro es ateo.

1 de enero de 2018

NEOLENGUA Y POSVERDAD

Hay neologismos de moda —hablando de moda podíamos decir que son las últimas tendencias en el lenguaje—, que vienen y van en el hablar. Palabras como posverdad, neolengua, empoderamiento, populismo, escrache, selfi, bitcóin,  cisgénero, uberización, fake news o aporofobia que es la que se ha proclamado de moda en 2017. Algunas son neologismos, otras retomadas de otros idiomas, casi siempre es el inglés, y algunas rescatadas del cajón de vocablos en desuso.

 

El lenguaje cambia porque está vivo. De poético, más elaborado, más redondo y ampuloso, ha pasado a más telegráfico y críptico en poco menos de treinta años. Palabras nuevas, modismos que están inventándose continuamente debido a las nuevas tecnologías, nuevos trabajos, nuevas diversiones, nuevos intereses. Ha cambiado el lenguaje y ha cambiado la forma de comunicarnos. Hablamos por videoconferencia, móviles, internet, WhatsApp eliminando palabras o reduciéndolas: tb, k, etc.

 

Hay un aspecto que siempre me ha preocupado. Es el lenguaje sexista. Me parece muy loable el empeño de quienes pretenden inventar uno nuevo para combatir el sexismo de la lengua castellana —algo que, a mi modo de ver, tiene difícil remedio—, poniendo en los textos grafías para abarcar a ambos géneros: los/las, todxs, tod@s. Pero las palabras que son de género masculino normalmente no las cambian. Por ejemplo, un individuo (del género masculino) no debería estar “cachas” sino “cachos”. El vocablo personas debería aplicarse exclusivamente al género femenino y para los del género masculino habría que usar “persones” o “personos”. Otra opción es poner personxs o person@s o, incluso, personas/es. Si queremos ser iguales, habría que hacer así con todos/as. Esto, además de no ser práctico, es un despropósito descomunal. El lenguaje sufre y se echaría a perder la obra literaria o el discurso. Ni siquiera una conversación de amigos podría ser fluida. Nos volveríamos «todxs los/las person?s loc@s».

 

Los titulares de prensa, también tienen su aquel en el lenguaje. Son las noticias indescifrables. Valga esto como ejemplo: «La startup navarra InsigthMedi entre las cien finalistas de South Summit 2017». O esta otra noticia: «…ha detectado elementos genéticos móviles (transposones) en hongos basidiomicetos conocidos porque producen setas comestibles y son activos degradadores de residuos lignocelulósicos…». No se trata de una revista especializada, sino noticias sacadas de un diario local.

 

Hace un tiempo teníamos certeza de lo qué era verdad. Ahora se proclama que la verdad ha muerto. Aunque todos tenemos nuestra verdad que no suele coincidir con la de los demás. La posverdad no deja de ser una realidad paralela. Una mentira encubierta. Como las fake news. En ambos casos la verdad se complementa con algo que obra la virtud de desnaturalizarla. Entre una y otra ya no queda nada de la verdad sin aditamentos. No quiero decir con esto que todo sea verdad o mentira. Hay cosas que son simplemente discutibles porque son las verdades de cada uno, matices, incluso puntos de vista encontrados.

 


Hay que irse adaptando, porque quien se queda quieto se anquilosa. Pero hay que evitar que la neolengua destruya el lenguaje, que la posverdad mate la verdad y que la actividad virtual y el ciberespacio  se apoderen de la realidad tangible.

27 de diciembre de 2017

UN CASO DE JUZGADO DE GUARDIA

Francamente, yo no sé cómo no actúa la fiscalía de oficio ante lo que considero un delito continuado de pornografía, pederastia y maltrato de menores por exponerlo desnudo y convivir entre animales con el riesgo cierto de que contraiga cualquier enfermedad. Todo ello ante la pasividad de todos, si no del beneplácito y, además, con publicidad.

Estamos viéndolo estos días. Un niño llamado Jesús de Nazaret —pero, parece, nacido en Belén— tirado en un pesebre, desnudo con el frío que hace. La gente manda fotos del mismo, sin la autorización escrita de los padres y, además, para felicitarse de esa situación.

Yo pongo una foto de cómo lo tengo en casa sin incurrir en delito. Se puede ver pinchando aquí o en la pestaña superior IMÁGENES.

15 de diciembre de 2017

UNA POSTAL DE NAVIDAD

Entre las variadas formas en que se catalogan a las personas, está la de quienes les gusta la navidad y la de quienes la odian. Supongo que hay un amplísimo colectivo intermedio a quienes les resulta indiferente, más que todo por desconocimiento, pero no cuentan para las estadísticas. Pertenecen a esa mayoría silenciosa e ignorada. Ahora que están cerca, digo las navidades, creo que es oportuno publicar la foto que se puede ver pinchando aquí o en la pestaña superior IMÁGENES. Está tomada desde mi ventana. El individuo lleva ahí instalado más de dos meses. Representa la paradoja entre los dispendios festivos —léase comilonas y regalos— de los habitantes de los alrededores en sus confortables hogares, y la frugalidad del de la foto.

Cuentan que estas son fiestas solemnes porque se celebra cómo una familia humilde pasó unos días en un portal de Belén. En el caso que nos ocupa es un individuo solo, sin familia, sin animales que le den calor y compañía, que sustituye el colchón de paja por el de cartones, pero el marco es similar: una especie de entrada o portal. Así que, en la comparación, está claro quién sale perdiendo. Y la cosa tiene pinta de que va para largo.
Aun sin conocer a la persona ni sus circunstancias, es fácil adivinar que no está por gusto. Son situaciones que vemos todos los días como un mal enquistado. La injusticia  que se comete en este y millones de casos más nos debería mover a la reflexión y a la acción paliativa como sociedad. Me recuerda a una foto tomada en USA que publique el 7/11/16 con el mismo motivo. Distinto clima, distinta sociedad, distinto continente, pero el mismo drama de marginalidad, la misma causa y el mismo futuro.

No me resisto a dar un toque de humor. Voy a pensar que tendría la autorización del protagonista si se la pidiera. Hablaba antes de una paradoja y en esta imagen hay otra. Vista tal cual, el lugar ocupado es un local en desuso y parece que su morador está limpiándolo ante la mirada de un transeúnte. Nada más lejos de la realidad. El morador es el de la gabardina blanca. Que una cosa es ser pobre y otra no tener estilo y que le puedan hacer la limpieza.

Volviendo a lo que decía al principio, yo pertenezco al grupo de los que no nos gusta la navidad. Me parece una farsa colectiva. Ni siquiera le veo sentido como concepto religioso. Lo cual no ha sido obstáculo para participar en el relato que este mes proponía Literautas. Debía contener cien palabras máximo entre las que estuviera “navidad”. Como opción voluntaria habría que añadir “barco” y “sandalia”.  Ciertamente breve, pero dejaba margen para no caer en el tópico navideño. El relato se puede leer pinchando aquí o en la pestaña superior RELATOS BREVES.

Por todo lo dicho, mi tarjeta de navidad de este año es la de la imagen.


30 de noviembre de 2017

SALUD, DINERO Y AMOR

Entre las mayores aspiraciones para alcanzar la felicidad parece que gozar de buena salud, tener una buena situación económica y vivir una relación de amor, constituye la síntesis de todo lo deseable para la mayoría de los mortales.
No voy a profundizar sobre ello porque la percepción de cada concepto es relativa y depende de cada individuo. Pero sí me parece que las personas, al principio de nuestra vida, nos centramos en el amor e ignoramos los otros parámetros. Cuando alcanzamos cierta edad, empezamos a preocuparnos por la situación económica y llega un momento en que, cuando los años te van cayendo sin tú desearlo, las aspiraciones y  preocupaciones que copaban la lista van desapareciendo y, para compensar, aparecen otras que uno ni se había imaginado  que podrían ocupar parte de tu cotidianidad.  Es ley de vida y por ahí iremos pasando todos.

Supongo que para aceptar de buen grado esa edad en la que la salud constituye un mono tema, el cerebro tendrá recursos para irse adaptando. Unos lo llevarán con resignación, otros con alegría y algunos no podrán soportarlo.

De la tercera etapa de la vida ya hablé hace tiempo. Se puede leer pinchando aquí, Pero a donde yo quería llegar es a ese momento en que te atrapa el alzhéimer y, sin darte cuenta, empieza a hacer estragos con tus recuerdos y, por ende, con tu vida. Llegará un grado tal de alejamiento de la realidad en que será más jodido para los de tu alrededor que para uno mismo.

Con la temática del alzhéimer, una enfermedad que se triplicará en cincuenta años, presenté un relato corto en octubre en la plataforma o página web Literautas, titulado «JUVENTUD VS. MADUREZ» cuya premisa necesaria era que empezara con las palabras: “era más que un simple robot”. Se puede leer pinchando en la pestaña superior Relatos breves.


30 de octubre de 2017

DEMOCRACIA, LEGITIMIDAD Y LEGALIDAD

Es difícil hacer un análisis frio y objetivo de lo qué está pasando con el conflicto catalán sin que entren en juego pasiones, sentimientos, filias y fobias que todos llevamos. Este análisis está hecho pensando en Catalunya, pero sirve para cualquier otro lugar o circunstancia. La primera parte está hecha con la razón, la segunda con los sentimientos y la tercera con la imaginación apoyada en las dos anteriores, ya que el futuro no está escrito. Seguramente todo muy subjetivo. 

Creo que es importante empezar distinguiendo conceptos. No debemos confundir legalidad con legitimidad y menos legalidad con democracia. Todos los países, incluidos los más tiranos, tienen leyes. La legalidad no se sustenta en la democracia per se sino en el poder coercitivo del Estado, en definitiva, en la fuerza de quien está en el poder. La legitimidad la da el pueblo soberano. La democracia es la forma de organización donde las decisiones colectivas son tomadas por el pueblo.  Tres conceptos básicos que deberían ir unidos pero que no suele ser así. No es baladí recordarlo. Como quiera que se está llevando la discusión al ámbito jurídico, se da licencia para poder discutir sobre la independencia de los jueces respecto al poder político -algo que está más que cuestionado- y criticar el margen de discrecionalidad con la que actúan a la hora de interpretar la Ley en función de intereses más o menos espurios. Cuando la Ley se antepone a la democracia, algo estamos haciendo mal. Habría que darle a un botón para volver a un punto donde se pudiera negociar sin que se dilucide en los tribunales sino en la política. Sin culpabilizar y acusar de, nada menos, que de sedición por llevar a cabo lo que quiere la gente.

 El arte de la política es hacer posible las ansias, deseos y aspiraciones de los administrados. La forma es mediante el diálogo, pero cuando falta, queda la bronca. Así en abstracto, apelar al diálogo es fácil. Pero dialogar es sentarse sin guión establecido, sin vetos, sin límites, de igual a igual, para alcanzar acuerdos. Diálogo sincero, honesto. Esto no se ha dado y lo demás no vale para nada. Las palabras están gastadas. “Democracia” actualmente sirve para una cosa y para lo contrario. Se estira y retuerce en función del provecho de cada uno. Las leyes, incluida la Constitución, ni son perfectas ni inmutables, pero se consideran como si fueran dictadas directamente por Dios. 

El poder político se ha escondido detrás del judicial para que le haga el trabajo sucio y esperar sentado a recoger el fruto en próximas citas electorales. Se apoya en la legalidad, carente de legitimidad y despreciando la democracia.El daño ya está hecho porque tiene consecuencias penales, con gente pacífica en la cárcel. Otro, digamos impedimento, es ampliar el sujeto de la decisión a todo el estado y no a la parte afectada. Esto es hacer trampas por muy legal que se considere. Estoy cansado de escuchar como un mantra que “se debe respetar las normas que nos hemos dotado todos los españoles”. No, lo siento, ni nos hemos dado todos esas leyes, ni son todos los españoles quienes deben decidir el futuro de los catalanes, sino ellos solos. Esta constitución está votada afirmativamente por menos del 15% de los actuales ciudadanos. Teniendo en cuenta que los que tienen menos de sesenta años no estaban en edad de votar o no habían nacido. Parece que lo que una minoría decidió hace cuarenta años será la forma de organización de generaciones futuras in secula seculorum.

 En este conflicto subyace la mentalidad del imperialista que siente humillado su orgullo patrio, de absolutistas venidos a menos que no quieren perder lo que les queda y, para eso, recurren a lo que haga falta. Así se explica que las dotaciones de policías trasladados desde Andalucía para no se sabe muy bien qué ante un pueblo pacífico, los despidieran con arengas de “a por ellos, oe… a por ellos, oe…” o que los policías acantonados se manifestaran -como unos hooligans cualquiera- al grito de “que nos dejen actuar”. Ya se sabe qué supone esto. Todos estos desgraciados incidentes y la saña con la que actuaron, me ha recordado, salvando las distancias, el episodio sucedido el 12 de octubre de 1936, día de la exaltación patriótica, en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca. El General Millán Astray, fundador de la legión española dijo refiriéndose a vascos y catalanes: «cánceres en el cuerpo de la nación. El fascismo, que es el sanador de España, sabrá cómo exterminarlas, cortando en la carne viva, como un decidido cirujano libre de falsos sentimentalismos». Todos conocemos la respuesta del rector, Miguel de Unamuno: «Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque para convencer hay que persuadir y para persuadir necesitaréis algo que os falta, razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España». Me da que pensar que todavía estamos en eso. El fondo es el mismo y las formas parecidas. El PP blande el Código Penal y recuerda a Puigdemont que puede acabar como Companys, que fue encarcelado y fusilado por hacer lo mismo. Objetivo la Patria Una por encima de todo y de todos, cueste lo que cueste. Esto es una cuestión de Estado y, de paso tapo los chanchullos que me salpican.

Este embrollo no ha hecho más que empezar. No veo el final, pero no hace falta ser adivino y vaticino lo peor. Se han convocado elecciones que no solucionarán nada y, a día de hoy, ni siquiera sabemos quienes se presentarán. El gobierno español no es tonto y conoce la determinación de los catalanes en sus pretensiones. Pero también sabe que su movimiento es pacífico, lo cual le da una enorme ventaja a la hora de aplicar medidas represivas. Meterá mano dura para acallarlos durante un tiempo, justificar su desaguisado, ganar puntos ante una parte de españoles entregados y vengar su orgullo herido ante una  afrenta tal como la que les supone que alguien quiera autodeterminarse. Aumentará el control y la represión. Se harán acusaciones gravísimas contra figuras destacadas. Se ilegalizarán partidos y se inhabilitarán candidatos. Ya lo hicieron en Euskadi sin cortarse un pelo y no tengo duda de que lo volverán a hacer si lo consideran oportuno. A partir de las elecciones, vuelta a empezar. Estaremos con el mismo problema encima de la mesa.

¿Y el diálogo?, ¿y la democracia? ¿y la fraternidad? ¡Ah! Eso. ¡Qué bellas palabras! Hoy no toca. Hablaremos de ellas cuando les quitemos a los insurrectos del poder y después de extender el modelo represivo a otros territorios. Esto se parece más a Turquía que a Europa. No, peor, que allí no tienen monarquía.




 

16 de julio de 2017

HAY GENTE PA TÓ

Hay una anécdota atribuida a un torero de renombre de principios de siglo XX cuando le presentaron a Ortega y Gasset. El matador preguntó quién era aquel gachó con pinta de estudiao, a lo que le respondieron que era filósofo. «¿Filo qué?» —respondió el torero. Al explicarle que analizaba el pensamiento de las personas, parece que acuñó la famosa frase: «Hay gente pa tó».

Tuve en mi mesa de trabajo un calendario de los de taco, donde, además de dejar espacio para unas breves notas, que era lo principal, informaba del día de la semana; cuándo salía el sol o la luna; el santo correspondiente y alguna frase de las de las de pensar. Naturalmente el día 5 de enero llegaba puntual, como cada año, y siempre con la misma reseña: «San Simón, también llamado San Simeón, el estilista».
Cualquiera que leyera esto podía pensar que este buen señor fue nombrado patrón de los profesionales dedicados al maquillaje, peluquería y vestuario. Yendo más lejos, alguno se preguntaría qué habría hecho para merecer semejante honor. ¿Tal vez peinar a reinas y aristócratas? ¿Crear un estilo propio que hiciera furor entre adolescentes? Pues no. Se subió a vivir a una columna de quince metros de alto y, allí encaramado, estuvo treinta y siete años. La evocación de esta historia siempre me ha llevado a recordar la frase del torero.

Simón no fue el único, pero sí el más importante. Esta acción tuvo sus seguidores, tiempo y lugar. Empezó en Siria y se extendió por Oriente Medio a partir del  siglo V. Una forma de purificarse, meditar y alcanzar… bueno, no sé, lo que quisieran alcanzar. Ahora sería impensable permanecer mucho tiempo en espacio tan expuesto sin que algún francotirador, de cualquiera de las partes en conflicto, hiciera diana en él. Es una atalaya privilegiada para la observación, y eso pone nervioso a alguien de gatillo fácil como quienes merodean la zona, por mucho que el morador de tan incómodo como extraño habitáculo lleve buenas intenciones.
Hay una confusión de términos, ya que el tal Simón, en realidad, no era estilista sino estilita, palabreja de origen griego que viene a significar "de la columna”, lo cual despeja muchas dudas. Como quiera que los editores del calendario, año tras año, persistieran en el error, en algún momento se lo advertí. Desconozco si me hicieron caso pues dejé de adquirirlo, aunque no fue este el motivo.

Así que la vida de este virtuoso —y yo añadiría excéntrico— santo varón, me ha dado juego para componer un relato situándome en el momento en que toma la decisión de cambiar de morada, visto desde los ojos de su vecino. Con él he participado en el taller de Literautas del mes de junio, y formará parte del libro recopilatorio que cada año editan y publican. Se trata de un relato muy corto, no debía pasar de 150 palabras y, entre ellas, debían figurar esperanza, noche y perfume.

El relato se puede leer pinchando en la pestaña superior Relatos breves. Lo ilustro con una reproducción tomada de Google, donde se refleja cómo vio la escena el pintor. Se accede pinchando la pestaña superior Imágenes.

3 de julio de 2017

UNIVERSO DISTÓPICO

En la sección Relatos Breves publico el relato con el que participé en el mes de mayo en el taller de LITERAUTAS. Las premisas para participar eran que la historia transcurriera en un universo distópico, que aparecieran las palabras sombra y seda y que no excediera de 750 palabras.

Lo titulé «Erick, ciudadano de segunda, empleado de nivel C». Se puede acceder a él pinchando en la pestaña superior Relatos Breves.

4 de junio de 2017

EL RELOJ DE PARED

Hay tardes que, por alguna circunstancia, destacan de las demás. Algo hace perder la rutina del día a día o llama tu atención sin que aquello tenga necesariamente especial relevancia.

Me ocurrió el otro día. Un reloj de pared que hace tiempo no andaba y había que ponerle remedio. Encontré el lugar perfecto. Traspasar la puerta fue retroceder cien años en el tiempo. Entiéndase la intención plena de la expresión. Allí se encontraban decenas de relojes de pared, de mesa, grandes, pequeños, de mil formas, a cual más antiguo y bello.  De la trastienda salió alguien. No cabía ninguna duda, era el maestro relojero. Un señorico que bien podría rondar, perdón si no los tiene, los ochenta tacos. Con una gasa de siete por siete suelta en lo alto de la cabeza, sin otra sujeción que la ofrecida por los pocos pelos dispersos que le quedaban y cuya función no quedaba clara. Entregó a la clienta el mecanismo desmontado de un reloj moderno al que le había puesto pila nueva. Me extrañó. Tanto porque no se correspondía con el estilo del resto de relojes, como por la señora que parecía de la quinta del relojero. Aquella se interesó por la cabeza de este, a lo que este le respondió, con más sorna que verdad, que se lo había hecho una mujer. La sordera de aquella provocó algún malentendido. Esto me animó a intervenir para aclarar y derivó en una conversación entre la señora y yo:

—Usted me suena. Me parece que es una persona importante —dijo dirigiéndose a mí.
—Bueno, todos somos importantes. La diferencia es que algunos son más famosos que otros —contesté.
—Pues yo le he visto en la televisión. En algo de carreras de motos, o algo así. ¿No?
—Sí, algunas veces me confunden con uno.
—Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte. —Sentenció la clienta.

No es la primera vez que me pasa. En cierta ocasión me vi firmando autógrafos a pesar de mi reiterada negativa primero y de mis protestas después.

De regreso a casa me topé con dos señoras, adorables ellas, con una sonrisa de oreja a oreja. Se encontraban sentadas en un banco. Se levantaron a mi paso para entregarme unos panfletos «para conocer la Verdad», dijeron. Ante su insistencia, del «no me interesa» inicial pasé, no a rebatir sus argumentos porque no había, sino a plantear incongruencias y pedir pruebas. Su convencimiento y su voluntad eran directamente proporcionales a su ignorancia, lo cual me producía una mezcla de pena y de envidia. Porque el hecho de creer, con ser una opción personal muy respetable, no es argumento sostenible per se. Cada uno se las arregla como puede por dar sentido a su vida, pero basarse en el libro más trufado,  lleno de contradicciones, falsedades y  violencia, no solo humanas sino divinas, llamado Biblia, mejor ni entrar. Yo lo único que pido es que no nos amenacen ni con la hoguera ni con el fuego eterno y que reviertan a la comunidad lo expoliado a lo largo de los siglos.

«¡Vaya tarde! Esto no puede ser casual de ninguna manera. ¿Qué me pasa hoy con la generación ochentona? ¿Tendrá algo que ver el reloj? Tendré que revisar la entrada de este blog donde hablaba de la casualidad y la coincidencia», pensé mientras llegaba a  casa. Al entrar, una percepción extraña rondaba mi cabeza. El reloj seguía parado en la misma hora que hace tiempo marcaba. Creo que desde el mismo día de su instalación. Estaba claro. Algo tenía que renovar.

Me ha parecido divertido ilustrar esta entrada con una recreación a modo de foto. Se puede ver pinchando en la pestaña superior IMÁGENES.




11 de mayo de 2017

EN LA APACIBLE QUIETUD DEL CEMENTERIO

En la sección RELATOS BREVES, a la que se accede pinchando en la pestaña superior, publico el relato presentado el mes pasado en el portal http://www.literautas.com/.

Las premisas de este mes eran dos. Que el comienzo fuera “Susana esperaba…” y que, a ser posible, la mayor parte de la acción transcurriera en un cementerio. Cumplo las dos y agoto el número máximo de palabras (750) que puede tener la obra. He hecho ligeras variaciones a sugerencia de otros participantes, pero que no desvirtúan el original.

Este relato tiene una carga erótica, por lo que se podría catalogar para mayores de dieciocho años, unida a un toque de humor negro. Puede gustar o no, pero es seguro que me he divertido mientras lo escribía.

3 de mayo de 2017

MARINERA

Siempre que publico una foto en este blog me da cierto reparo pues me acuerdo de mi amigo Alfonso. El motivo es que él es un gran fotógrafo y lo que yo haga en este campo no llega ni de lejos a su calidad. Seguramente es por ello que no resulto premiado en el concurso al que suelo presentarme. No obstante, yo insisto mientras me divierta esta afición.

El tema del concurso de este mes era tan amplio como «lugares». De este tipo de fotos tengo infinidad, así que he presentado tres. La característica que  encuentro a la que publico aquí es que, más que foto,  me parece una pintura de  óleo. No sé si será por la luz que tenía esta población de Marruecos (Essaouira) en un día soleado de invierno, por la composición, los colores o por el tema marino, pero ese parecido a una pintura es la sensación que me da y por lo que encuentro que tiene algo interesante.  Y, por una vez en las fotos presentadas, creo que no la he sometido a la manipulación de Photoshop.


La foto se puede ver pinchando en la pestaña superior Imágenes.

11 de abril de 2017

SAN TERMINATOR

El otro día visitaba la catedral de mi ciudad. Suelo hacerlo con cierta frecuencia porque me gusta admirar su gótico, deambular por las naves y capillas laterales,  pasear por el claustro,  pensar e imaginar. El olor a incienso que aun quedaba en el ambiente después de la celebración, añadía un plus más a mi gozo. Puede que sean rescoldos de un pasado más místico, pero el lugar se presta a ello. Al construir estos edificios sabían lo que se hacían. Lugares pensados para la admiración de la grandeza de Dios, la pequeñez humana y, como de paso, afianzar el dominio de la jerarquía.

Antes mis pensamientos giraban en torno a todo esto. Ahora divagan libremente, son más mundanos. Se mezcla una rabia contenida por la intromisión de las religiones en la vida pública; por la apropiación terrenal de riqueza; por la desmesurada influencia que ejerce en muchas personas y por el beneficio que causa a otras. Todo en un cóctel junto con otras ideas más peregrinas como la que voy a comentar.

En una capilla lateral descubrí una pequeña talla de san José con su hijo. No lo pude evitar, lo primero que me vino a la mente fue la imagen de Terminator con el suyo en una de sus películas (ver luego foto). Son inevitables las analogías. Encuentro clarísimamente una similitud formal de los elementos visuales ya que tienen entre sí semejanzas significativas.

Lo primero que me llamó la atención fue la herramienta de José. El cepillo de carpintero es lo que mejor caracteriza a su profesión. Su manera de portarlo, sus dimensiones y su forma. Todo muy similar a la del Cyborg de la película. Para este no deja de ser una herramienta como otra cualquiera —la que se emplea en su oficio—, aunque sea más letal. A fin de cuentas ambas herramientas sirven para destruir. Puede ser enemigos o madera. Y de esa destrucción nace algo nuevo. Otro cyborg o un bonito mueble.

Otra característica es la presencia de un hijo que, en ambos casos, no debe estar claro si lo es realmente o no, y uno u otro vienen del pasado, del futuro o de una dimensión paralela.

La tercera analogía es más conceptual. No se ve en las imágenes pero se conoce en la historia que ambas llevan implícita. En los dos relatos resulta que  el hijo está llamado a salvar el mundo de su destrucción.

Después de analizar esto parece que, mejor que inventar historias, es más fácil copiar. Todo está escrito. Se copia la idea y se le da la vuelta. Otros personajes, otros tiempos, otros enemigos y otros métodos. Distintos matices y escenarios, pero mismo fondo.

En la sección superior Imágenes cuelgo una composición de las fotos que han dado pie a esta entrada.