Anticipo que no me gustan los líderes. Me refiero al concepto. Ni los ídolos, ni los santos, ni los gurús, ni los arrastradores de masas, ni los influencer. Es una convicción muy arraigada. La vena ácrata que llevo dentro. Me gusta ir por libre y no me gusta el culto a la personalidad. Detesto la fantochada de perpetuar el tirón que ha tenido una persona en vida embalsamando su cuerpo, como hicieron con Mao, Lenin y pretenden hacer con Chávez. Parecido a quienes los santifican, les hacen estatuas o estampas y los adoran, como a Wojtyla. O a quienes les ponen un monumento en un parque y reescriben su historia con sus hazañas reales o ficticias, como a Napoleón o Che Guevara. En definitiva, el objetivo es el mismo. Modelos a seguir, referentes de unos intereses.
Soy consciente de que vienen bien los liderazgos, incluso que son, si no necesarios, eficacísimos. Alguien dijo que daba más miedo un ejército de cien ovejas dirigidas por un león, que uno de cien leones dirigido por una oveja. También Eisenhower lo definió en una frase: El liderazgo es el arte de conseguir que otra persona haga lo que quieres hacer porque quiere hacerlo.
Tengo para mí que gran parte del “fracaso” del movimiento 15M ha sido por falta de liderazgo. La idea de las asambleas, los debates, las puestas en común, eran muy enriquecedoras y prometían, pero eran poco resolutivas. Había muchos intereses encontrados y algunos elementos perturbadores. Faltaba un Daniel Cohn Bendit, líder del Mayo 68. Ahí queda eso.
Cualquier organización que se precie tiene su líder. Da igual que se trate de una organización social, económica, militar, religiosa, política, deportiva o musical. Es cuestión de emplear el estilo de liderazgo que le vaya bien. No existe un prototipo de líder perfecto. Su liderazgo se mide por su eficacia. Ahora por los seguidores que tenga en Twitter. Yo defino como buen líder a quien tiene VPO. No se trata de una vivienda sino de Visión, Pasión y Ocasión.
Líder significa autoridad y, a veces, poder, aunque no tiene que ir necesariamente unido pero, si se da, el éxito está asegurado. Los hay de izquierdas y de derechas, espirituales y corporales. Muertos y espabilados. Los que lo heredan y los que se lo ganan por méritos propios. Puede ser con carisma o sin él, aceptado o impuesto. Puede crear seguidores, fans, adeptos o fanáticos. Pero la idea es la misma. La motivación de los grupos para alcanzar la eficacia en los objetivos. O dicho de otra forma, conducir a las masas a un determinado fin querido por quien se beneficia de ello. En definitiva, interés, control y dominio. El método es eficacísimo porque se repite a lo largo de la historia de la humanidad y todos los manuales apuestan por liderazgos fuertes.
La falta de individuos carismáticos o simplemente la necesidad urgente de resultados, hace que se fabriquen artificialmente o que los que destacan en un campo se trasladen a otro para el que no están preparados. Se les adornan de cualidades extraordinarias que no poseen y se les rodea de una camarilla de aduladores o palmeros. El resultado son éxitos efímeros y líderes de usar y tirar. Aparecen los arribistas, demagogos, oportunistas y mediocres que conducen al desastre y a la apatía general. Esto es con lo que ahora contamos. Ya no existen los Gandhi o los Luther King, pero, por suerte, tampoco los Hitler.
La gran mayoría acepta sumisa que le digan qué y cómo tienen que hacer las cosas. Rehuímos de tomar responsabilidades e iniciativas. Lo aceptamos como lo más natural y nos dejamos llevar con una candidez y entrega que a algunos les viene de maravilla. Es por eso que hablar de líderes es hablar de masas y hablar de masas es sinónimo de incultura y manipulación.
Tal vez iríamos mejor con menos consignas y más argumentos, con más compromiso social y menos borreguismo.