3/12/16

HASTA LA VICTORIA SIEMPRE O CÓMO CAMBIAR EL MUNDO

El reciente fallecimiento de Fidel Castro, lo uno al también fallecido Eduardo Galeano ocurrido el año pasado y, para completar el trío de ilustres sudamericanos, a Ernesto Che Guevara. No voy a glosar la figura y obra de ninguno de los tres, ni para ensalzarlos o vituperarlos, que de eso se emplean a fondo otros, especialmente contra Fidel y el Che, porque al literato más bien se le ignora.

Frases dichas por ellos en torno a una misma idea, me sirven de pretexto para desarrollar un comentario al que hace tiempo le vengo dando vueltas. Para Fidel no existía en el mundo fuerza capaz de aplastar la fuerza de la verdad y de las ideas. Decía el Che que no hay que esperar a que se den todas las condiciones para la revolución, el foco insurreccional puede crearlas. Por su parte Galeano acuñó el concepto de que mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, pueden cambiar el mundo. Dicho resumidamente: pequeños gestos pueden cambiar el mundo.

Son enunciados llenos de esperanza que animan a seguir  adelante a quienes trabajan por el progreso de los demás y con los que no puedo estar más de acuerdo. Cuando digo los demás me refiero a todos, a la humanidad en general, no a un grupo de privilegiados. Cierto es que por mucho que se oprima a quienes luchan por un mundo más justo, siempre quedará en su interior un rescoldo por pequeño que sea de sus ideales. Lo malo es que esa fuerza de quien tiene las ideas y la verdad, no es capaz, a su vez, de vencer a la fuerza oponente, que sí que tiene bien implantado su modelo basado en la codicia. Mucho tendremos que cambiar y muchos cientos de años tendrán que pasar para que las ideas de solidaridad, igualdad y respeto sean una realidad.

Es cierto que los pequeños gestos pueden cambiar nuestro pequeño mundo pero, igual que los veo imprescindibles, los veo manifiestamente insuficientes para cambiar la totalidad. No creo que esta suma genere una sinergia tal, porque, en realidad, ni siquiera son una suma, sino acciones aisladas, individualizadas, deslavazadas entre sí. Deberían darse al unísono por parte de todos para ser efectivas.

Estos gestos, también llamados microrrevoluciones, son posibles pero son parches que no arreglan el fondo estructural de los problemas. No cambian la política general, no son capaces per se de obrar una transformación global. El diez por ciento de la población mundial tiene en su poder el noventa por ciento de los recursos del Planeta. Están bien organizados, tienen el capital, las armas, los ejércitos, los políticos, muchos estómagos agradecidos e infinidad de pusilánimes que jamás harán o dirán nada. Frente a ellos están quienes únicamente pueden hacer política -y no en todos los casos- casi como un juego, como una concesión y que no tienen nada de lo anterior y por último están los millones de personas que bastante hacen con subsistir y para quienes el mero hecho de pensar es un lujo inalcanzable.

Dicen los defensores de la teoría de las microrrevoluciones que la única manera de que los débiles puedan vencer a ese diez por ciento, es cogiendo parcelas de poder y pasar de lo local a lo global. Volvemos a lo mismo. Para cambiar todo haría falta una gran revolución social. No estoy hablando de pegar tiros. No hay que temer a una palabra que también se usa para hablar de revolución industrial, tecnológica o de la moda.

Yo soy pesimista o mi realismo me lleva al pesimismo. Creo que las microrrevoluciones no están a la altura de lo que exigen las circunstancias. Hay mucho interesado y mucho conformista, así que la brecha social aumentará y tendremos cada día más desigualdades.  A esto hay que añadir que los vientos políticos van en una dirección totalmente opuesta y de manera destacada en Europa y Norteamérica. Esto va para largo.