3/7/15

RELIGION. REFUGIO Y EXCUSA

Qué temazo este que unos aborrecen, otros se entregan incondicionalmente a la causa y otros –cada día más- se muestran absolutamente indiferentes.

Parece que a medida que los países se desarrollan cultural y económicamente, se pierde la importancia que se le da, pero justamente se observa cómo otros radicalizan sus postulados y juntan política, economía, religión, leyes y modus vivendi en una amalgama peligrosa y difícil de digerir bien. 

Así, en principio, parece que la religión es una búsqueda de sentido a la vida, de trascendencia, un camino interior de crecimiento, una necesidad de seguridad y de autoafirmación. Pero la historia nos viene demostrando que impera el dogmatismo, la intolerancia, el fanatismo y la imposición a los demás.

Lo atractivo de las religiones es que aparentemente soluciona aquello que la gente teme. Sus incertidumbres, sus inseguridades y sus amenazas.

Yo he llegado a la conclusión de que es inútil convencer a nadie de que sus creencias pueden estar equivocadas o que, en muchos casos, pueden resultar ridículas como es el caso de Ganesha que tiene cabeza de elefante porque su padre que era dios se la puso en sustitución a la que le había cortado. Por poner un ejemplo de una de las religiones más numerosas. O los relatos fantasticulares de la Biblia que hay que tener mucha fe para asimilarlos tal cual vienen. Al margen de la violencia, xenofobia, y racismo que destila. Pero aunque no se pueda convencer, ejercicio que debe hacer cada cual, no obsta para que se pueda opinar.

Hay religiones de un solo dios y otras tienen multitud. Unos se han ido copiando a otros en un afán de modernizar creencias. Como El Padre, Hijo y Espíritu Santo que es un tres en uno y que me recuerdan a la trilogía de Shiva, Visnú y Brahma. En algún viaje por países fuera de mi entorno con creencias religiosas arraigadas se observan por doquier estas creencias fantasiosas que llaman la atención por su vistosidad, pero que igualmente las vemos en nuestro entorno. No hay más que observar las plegarias, procesiones, ritos y demás parafernalia de la fe cristiana. Recientemente he descubierto que se puede ser budista y ateo, budista y creer en los dioses, que éstos pueden ser uno, tres o multitud, que los dioses existen o no, que existe un sólo buda llamado Siddhartha o varios. Todo ello a gusto de cada cual. Unos están convencidos de la resurrección de los cuerpos y almas, otros de la reencarnación en persona animal o cosa. Finalmente para completar la confusión, me decía un vietnamita que el budismo se practica y a los dioses se les reza.

Quien cree lo hace de manera ciega. Fe es creer lo que no vimos y lo que nos cuentan y, además, la fe se obtiene –dicen- por un don divino, con lo que has de esperar a ser tocado  por la gracia de Dios. Este es el gran axioma que como tal es indemostrable y en el que se basa toda la teología. Y contra eso no hay nada que hacer. Principios, normas, ritos, jerarquía –muy importante ésta- son la verdad revelada, por tanto inmutables y si son así, son incuestionables. Está escrito en el Talmud, en la Biblia, en el Corán y en cuantos textos sagrados nos presenten. El problema es que todas se creen la auténtica y verdadera. Así que Dios más que un SER parece ser una creencia que sirve para una cosa y para lo contrario.

No todo va a ser malo. Admiro especialmente a esas personas religiosas de espíritu inquieto y corazón compasivo que, envueltas en sus creencias, durante toda su vida dan ejemplo de solidaridad y entrega a los demás. La duda es si lo hacen por convencimiento religioso o lo harían sin él. Es decir, si la cooperación solidaria la hacen las personas por ser buenas personas independientemente de sus creencias, la hacen por un precepto religioso o por la recompensa eterna.

Hay algo que me molesta especialmente de las religiones. Es su afán de proselitismo. Parece que es algo  consustancial. Lo han hecho siempre y lo siguen haciendo. No basta con vivirla intensamente e interrelacionarse con los suyos. Tienen el mandato de extenderla por el mundo, predicar su evangelio y convertir al infiel y, en algunos casos, matarlo si no se deja.

Todavía estamos en una realidad donde la aconfesionalidad de los estados es más formal que real y no digamos de las costumbres y del lenguaje de las personas. Un bagaje histórico que nos acompañará durante mucho tiempo.