2/5/14

EL OBJETO DE LA VISITA

En cuanto le vi asomar, me imaginé que no traía nada bueno. Renqueante y demacrado, calculé que habrían pasado tres, quizás cuatro años desde la última vez que cruzara esa puerta. Luego echando cuentas fueron seis, aunque por su aspecto cualquiera hubiera echado quince. Antes de que llegara hasta mí, me puse a la defensiva y mi cabeza empezó a maquinar el modo de quitármelo de encima con rapidez y delicadeza, porque seguro que a dar no venía.

No hizo falta preguntar para saber que su andar y su aspecto eran consecuencia de un ictus, así que los prolegómenos de la conversación eran obligados. La sorpresa fue conocer que el derrame cerebral le sobrevino en la celda de una prisión, lugar en el que llevaba chapado dos años después de que le pillaran en el aeropuerto con casi un kilo de farlopa camuflado en cada pierna. Venía de Brasil, lugar al que había acudido a recoger la mercancía que le sacaría de la miseria a la que su adicción le había llevado. Probablemente dirigido por la misma mafia a la que tuvo la desgracia de acudir para que le prestaran una pasta que se fundió rápidamente y que, por no cumplir con los plazos de devolución, le costó sus dedos índice y corazón de la mano izquierda que sus prestamistas se cobraron a modo de intereses, que no de principal.

El ictus le sacó antes de tiempo del talego –ironías del sistema penitenciario- y se encontró en la calle con medio cuerpo inútil; con un padre con cáncer y una hermana metida en política de la chunga que da para otra historia; sin familia y con una ex porque se han desentendido de él; sin la empresa que del mismo modo que fundó la fundió; con un montón de deudas y de enemigos; con una exigua paga de invalidez que justo alcanza para pagar una cochambre de habitación y con una vida por delante lo suficientemente larga como para ir conociendo progresivamente más penalidades que seguro se irán acumulando, pero no lo suficiente como para que pudiera rehacerla.

De su adicción al juego, causa y motivo de tantas penalidades, no hice mención por no hurgar en la herida.

Los detalles del relato hicieron que se demorara el motivo de la visita. Cuando lo soltó no supe si tomarlo como un acto de generosidad hacia un excompañero carcelario o como una liada más de las que en tiempos nos tenía acostumbrados. Me quedó la duda de si lo que el infortunado hacía era dar o recibir. El documento que me pedía –y que redacté pero, naturalmente, tuve la precaución de no firmar-, difícilmente iba a surtir el efecto pretendido. Una Oferta de Trabajo ficticia dudo que per se ponga en libertad provisional al colega sin otro condicionante que lo respalde. Supongo que son vanas esperanzas que se crean en un ambiente en el que la necesidad de libertad hace que vuele la imaginación. Al menos no saqué la cartera como en otras ocasiones.

Se fue con la carta en el bolsillo, renqueante como entró y con la promesa de volver para poner en marcha sus proyectos.



Me hubiera gustado contar esta historia en la sección Relatos Breves y que hubiera sido producto de mi imaginación, pero toda ella es real como la vida misma.