23/5/14

CARIDAD VERSUS SOLIDARIDAD

Todos los días en mi breve trayecto entre casa y trabajo me encuentro a personas pidiendo.

En mi misma calle, a la entrada de un supermercado, una señora se sienta todos los días en una caja de frutas que de vez en cuando abandona para hurgar en el contenedor de basura cercano. Saluda con una sonrisa a cuantos pasan. A medio camino, también sentado en el escalón de la puerta de una iglesia, se sitúa alguien con alguna tara que tiene a bien exhibir para mover a mayor compasión. Su saludo se dirige mayoritariamente a quienes acceden al templo. Un poco más adelante un grupo de transeúntes – que deben transitar poco porque siempre son los mismos- se reúnen en animada y a veces escandalosa conversación. Por lo general no saludan a nadie a no ser que les toque contarte una historia que, indefectiblemente, deviene en petición.

Esto de pedir tiene tanto de necesidad como de humillación. Cuando das no sabes si estás ayudando o humillando, o tal vez ambas cosas. Mantengo una duda razonable sobre su eficacia y dudo de si esa pequeña ayuda que van recopilando les saca del pozo de la miseria o les mantiene en él.

No he resuelto el dilema de si es conveniente ayudar directamente a quien pide o hacerlo a través de alguna organización que actúa a modo de franquicia. Cuando doy pienso lo uno y cuando no, lo otro. Los musulmanes tienen el deber de dar limosna todos los días directamente al necesitado si su situación se lo permite, pero parece más adecuado cuando se canaliza a través de alguna oenege. Se quita esa carga de humillación en quien pide y de prepotencia en quien da, aunque en muchos casos se pierde en eficacia y recursos.

Esta prepotencia que a mi modo de ver subyace en la acción directa de dar limosna, parece que está ligada al concepto religioso de la caridad que busca fines de salvación para uno mismo, y se hace casual, aleatoria y discriminatoria para los que la reciben. Al contrario que la solidaridad entendida como acción general que no pone rostro ni nombre, y menos ideología.   

16/5/14

LA PLAZA DEL PUEBLO

Cuando se acerca el verano algunas ciudades como la mía salen del letargo invernal y se animan. Es una gozada darse una vuelta por la parte vieja porque siempre encuentras algo de interés y mucha gente variopinta, sobre todo cuando el sol acompaña.

Este sábado era uno de esos. La Plaza del Ayuntamiento acogía de todo. En la misma puerta de entrada se había instalado una mesa petitoria contra el cáncer atendida por señoras bien. Enfrente se plantaban unos manifestantes con pancarta reivindicativa de temática laboral. En medio de la plaza un grupo de excursionistas baturros –identificados por su característico pañuelo al cuello- comentando lo mucho que daba de sí esa plaza en fiestas, plaza que de vez en cuando cruzaba algún peregrino del Camino de Santiago mochila a la espalda. Y pululando por aquí y por allá se veían unos japoneses –o al menos orientales- con cara de despiste, de alucine o de sorpresa, que no se distingue muy bien su expresión, porque como dice Woody Allen, los japoneses no miran, sospechan.

Un teatro itinerante terminó por llenar la plaza. Trasgresor, de protesta y de conmemoración, a modo de procesión irreverente recordó el desalojo de unos locales ocupados por jóvenes.

De las cientos de fotos que tomé me quedo con una de esta parodia y es la que se puede ver pinchando en el recuadro superior Imágenes.


9/5/14

CONCIENCIA

Hay frases mágicas que te calan en tu juventud y van contigo toda la vida. Al significado de una de esas de vez en cuando le daba alguna vuelta. No es la conciencia de los hombres la que determina su existencia, sino que la existencia determina su conciencia. Frase de la más pura filosofía marxista que desarrolla la llamada conciencia de clase.

Antaño estas filosofías rompedoras se tomaban mas como un ideario, casi como una nueva religión. Ahora dicen quienes teorizan sobre ello que el marxismo es un método. Yo que no soy ni filósofo ni seguidor de Karl Marx, me limito a darle vueltas a esta y a otras frases y, a buen seguro, con las mismas contradicciones del otro Marx, esta vez Groucho con su genialidad: estos son mis principios, si no le gustan tengo otros.

La teoría dice que la conciencia es conocimiento, conjunto de creencias y sentimientos comunes. La facultad que tenemos los humanos para elegir entre el bien y el mal. Y que puede ser individual o colectiva.

Aunque algunos pretendan que sea rígida y absoluta, es cambiante y relativa. Mi interpretación de la frasecita concluye que acomodamos muestra ideología a nuestra realidad social. De ahí esa conveniencia en tomar conciencia de clase.

La conciencia está bien en la teoría, pero en la realidad práctica es moldeable. Lo que a una persona le puede parecer un deber ético cumplir con una determinada ley, a otra le puede parecer precisamente que debe hacer objeción de conciencia y no cumplirla, habrá quien irá más allá y su conciencia le llevará a la desobediencia civil, otros a la insurrección armada y algunos incluso a su propia inmolación. Así que tenemos un mismo hecho con interpretaciones y resultados dispares según la conciencia de cada uno.

Cuando pasa algo nos parece bien o mal según el lugar donde estamos o la posición social que ocupemos. El mismo hecho lo toleramos o rechazamos según quien lo haga o según nuestros propios intereses.

De cara al exterior apelar a la conciencia tiene eficacia nula. Solo para nosotros mismos puede tener un valor relativo. Los principios, los argumentos, los valores son como el chicle que se estira y se encoge a beneficio de parte. Por eso el poco valor que le concedo a pesar de que hay quien ha dicho que es una virtud que sólo poseen las personas honradas. Se trata de otro mecanismo del poder tanto político, económico o religioso, para mantener influencia y estatus.  Decía alguien que no tarda en transigir con el fin quien está dispuesto a transigir con los medios. Dicho de otro modo, el fin no justifica los medios. Pero esta transgresión la vemos a diario miremos donde miremos y siempre con resultado positivo para su autor.

A pesar de lo mucho que se ha elucubrado a lo largo de siglos sobre el tema, voy a ser simplista. La conciencia puede tener valor individual si somos honrados y consecuentes con nosotros mismos, pero pierde eficacia cuando se extiende a otros y más si se pretenden distintos valores para unos u otros.

Tal vez bastaría con ser personas libres, críticas, con pleno dominio de derechos y en una sociedad democrática y, por ende, respetuosa.


La conciencia sería lo que queda. 

2/5/14

EL OBJETO DE LA VISITA

En cuanto le vi asomar, me imaginé que no traía nada bueno. Renqueante y demacrado, calculé que habrían pasado tres, quizás cuatro años desde la última vez que cruzara esa puerta. Luego echando cuentas fueron seis, aunque por su aspecto cualquiera hubiera echado quince. Antes de que llegara hasta mí, me puse a la defensiva y mi cabeza empezó a maquinar el modo de quitármelo de encima con rapidez y delicadeza, porque seguro que a dar no venía.

No hizo falta preguntar para saber que su andar y su aspecto eran consecuencia de un ictus, así que los prolegómenos de la conversación eran obligados. La sorpresa fue conocer que el derrame cerebral le sobrevino en la celda de una prisión, lugar en el que llevaba chapado dos años después de que le pillaran en el aeropuerto con casi un kilo de farlopa camuflado en cada pierna. Venía de Brasil, lugar al que había acudido a recoger la mercancía que le sacaría de la miseria a la que su adicción le había llevado. Probablemente dirigido por la misma mafia a la que tuvo la desgracia de acudir para que le prestaran una pasta que se fundió rápidamente y que, por no cumplir con los plazos de devolución, le costó sus dedos índice y corazón de la mano izquierda que sus prestamistas se cobraron a modo de intereses, que no de principal.

El ictus le sacó antes de tiempo del talego –ironías del sistema penitenciario- y se encontró en la calle con medio cuerpo inútil; con un padre con cáncer y una hermana metida en política de la chunga que da para otra historia; sin familia y con una ex porque se han desentendido de él; sin la empresa que del mismo modo que fundó la fundió; con un montón de deudas y de enemigos; con una exigua paga de invalidez que justo alcanza para pagar una cochambre de habitación y con una vida por delante lo suficientemente larga como para ir conociendo progresivamente más penalidades que seguro se irán acumulando, pero no lo suficiente como para que pudiera rehacerla.

De su adicción al juego, causa y motivo de tantas penalidades, no hice mención por no hurgar en la herida.

Los detalles del relato hicieron que se demorara el motivo de la visita. Cuando lo soltó no supe si tomarlo como un acto de generosidad hacia un excompañero carcelario o como una liada más de las que en tiempos nos tenía acostumbrados. Me quedó la duda de si lo que el infortunado hacía era dar o recibir. El documento que me pedía –y que redacté pero, naturalmente, tuve la precaución de no firmar-, difícilmente iba a surtir el efecto pretendido. Una Oferta de Trabajo ficticia dudo que per se ponga en libertad provisional al colega sin otro condicionante que lo respalde. Supongo que son vanas esperanzas que se crean en un ambiente en el que la necesidad de libertad hace que vuele la imaginación. Al menos no saqué la cartera como en otras ocasiones.

Se fue con la carta en el bolsillo, renqueante como entró y con la promesa de volver para poner en marcha sus proyectos.



Me hubiera gustado contar esta historia en la sección Relatos Breves y que hubiera sido producto de mi imaginación, pero toda ella es real como la vida misma.