2015-08-07

LA CORTINILLA

La primera muerte de la que conservo recuerdo en mi memoria es a la temprana edad de unos cuatro años. No era muy consciente de lo que realmente había ocurrido, pero sí de que aquello suponía una tragedia en mi entorno familiar. Más tarde fue una tía de quien sí sentí plenamente su pérdida y me hizo descubrir qué significaba eso de morir.

Luego fueron los abuelos, después los padres, algún amigo y así, poco a poco, al principio de vez en cuando, ahora con más frecuencia, vas viendo cómo en las fotografías de tu vida se van borrando personas que has querido, has disfrutado de su amistad o simplemente estuvieron cerca de ti.

Resulta difícil humanizar la muerte. Por muchos cuidados, mucha atención, mucho amor que se le ponga, si llega, llega, y sin ningún miramiento. En las exequias fúnebres se pone música, se lee un poema, se resalta un testimonio o se glosan las cualidades del difunto, se cuenta una anécdota y algunos rezan. Pero cuando se echa la tierra o se pone la losa, ya no queda nada. Las incineraciones –que han tomado relevancia frente a las anteriores formas de deshacerse de un cadáver- me resultan una teatralización especialmente macabra y con una enorme carga simbólica. Ves cómo se corre la cortinilla que va tapando el féretro que instantes después entrará en el horno crematorio. No hay nada más desalentador y siniestro en todo ello.

Cuando la parca les dice a tus amigos que ha llegado su turno, empiezas a ser consciente de otra realidad y es que algún día serás tú el protagonista de la despedida. Ese día serás en exclusiva el centro de atracción, algo que has estado ansiando toda tu vida, aunque no de esta forma y, además, no te vas a enterar.

A medida que has ido viendo cómo se va quedando gente en el camino, has llegado a la conclusión de su inevitabilidad. Que la única certeza de la vida es la muerte. Porque la muerte está en la propia naturaleza. Es el fin de un proceso irreversible y por lo general en contra de nuestra voluntad. Es precisamente la negación misma de la vida.

Concluyo con Horacio aunque sea un tema recurrente y manido: Carpe diem, quam mínimum credula postero. Aprovecha el día, no confíes en el mañana.




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