4 de junio de 2017

EL RELOJ DE PARED

Hay tardes que, por alguna circunstancia, destacan de las demás. Algo hace perder la rutina del día a día o llama tu atención sin que aquello tenga necesariamente especial relevancia.

Me ocurrió el otro día. Un reloj de pared que hace tiempo no andaba y había que ponerle remedio. Encontré el lugar perfecto. Traspasar la puerta fue retroceder cien años en el tiempo. Entiéndase la intención plena de la expresión. Allí se encontraban decenas de relojes de pared, de mesa, grandes, pequeños, de mil formas, a cual más antiguo y bello.  De la trastienda salió alguien. No cabía ninguna duda, era el maestro relojero. Un señorico que bien podría rondar, perdón si no los tiene, los ochenta tacos. Con una gasa de siete por siete suelta en lo alto de la cabeza, sin otra sujeción que la ofrecida por los pocos pelos dispersos que le quedaban y cuya función no quedaba clara. Entregó a la clienta el mecanismo desmontado de un reloj moderno al que le había puesto pila nueva. Me extrañó. Tanto porque no se correspondía con el estilo del resto de relojes, como por la señora que parecía de la quinta del relojero. Aquella se interesó por la cabeza de este, a lo que este le respondió, con más sorna que verdad, que se lo había hecho una mujer. La sordera de aquella provocó algún malentendido. Esto me animó a intervenir para aclarar y derivó en una conversación entre la señora y yo:

—Usted me suena. Me parece que es una persona importante —dijo dirigiéndose a mí.
—Bueno, todos somos importantes. La diferencia es que algunos son más famosos que otros —contesté.
—Pues yo le he visto en la televisión. En algo de carreras de motos, o algo así. ¿No?
—Sí, algunas veces me confunden con uno.
—Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte. —Sentenció la clienta.

No es la primera vez que me pasa. En cierta ocasión me vi firmando autógrafos a pesar de mi reiterada negativa primero y de mis protestas después.

De regreso a casa me topé con dos señoras, adorables ellas, con una sonrisa de oreja a oreja. Se encontraban sentadas en un banco. Se levantaron a mi paso para entregarme unos panfletos «para conocer la Verdad», dijeron. Ante su insistencia, del «no me interesa» inicial pasé, no a rebatir sus argumentos porque no había, sino a plantear incongruencias y pedir pruebas. Su convencimiento y su voluntad eran directamente proporcionales a su ignorancia, lo cual me producía una mezcla de pena y de envidia. Porque el hecho de creer, con ser una opción personal muy respetable, no es argumento sostenible per se. Cada uno se las arregla como puede por dar sentido a su vida, pero basarse en el libro más trufado,  lleno de contradicciones, falsedades y  violencia, no solo humanas sino divinas, llamado Biblia, mejor ni entrar. Yo lo único que pido es que no nos amenacen ni con la hoguera ni con el fuego eterno y que reviertan a la comunidad lo expoliado a lo largo de los siglos.

«¡Vaya tarde! Esto no puede ser casual de ninguna manera. ¿Qué me pasa hoy con la generación ochentona? ¿Tendrá algo que ver el reloj? Tendré que revisar la entrada de este blog donde hablaba de la casualidad y la coincidencia», pensé mientras llegaba a  casa. Al entrar, una percepción extraña rondaba mi cabeza. El reloj seguía parado en la misma hora que hace tiempo marcaba. Creo que desde el mismo día de su instalación. Estaba claro. Algo tenía que renovar.

Me ha parecido divertido ilustrar esta entrada con una recreación a modo de foto. Se puede ver pinchando en la pestaña superior IMÁGENES.




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