9/1/19

PENA DE MUERTE Y CADENA PERPETUA

Cuando ocurren muertes violentas —mujeres a manos de hombres o atentados fundamentalmente—, la sociedad clama indignada la aplicación de la pena de muerte o la cadena perpetua, revisable o no. Los políticos de la derecha —y de más allá— aprovechando el tirón, se prestan gustosos a aplicar tales medidas porque en su ADN anida la versión más rancia de lo que se ha llamado populismo, sistema político de moda al que nos están abocando, que consiste en atraerse a las clases populares con apelaciones emocionales y propuestas simplistas cargadas de demagogia y por tanto poco fundadas, ante problemas complejos.

Que un ser humano mate a otro es el acto más abominable que se puede hacer. Hay que decirlo sin paliativos. Pero esto no justifica que la sociedad responda de la misma manera y menos si la respuesta se viste de Justicia o, precisamente más, si se hace su nombre. Es disfrazar de Justicia lo que es simplemente venganza que pone al descubierto los más despreciables instintos animales de quienes lo reclaman. La Ley no se puede administrar a golpe de vísceras. El “ojo por ojo, diente por diente” es la ley de la selva en este caso.
Si se admite en un caso que consideramos el más vil, se puede ir ampliando la permisividad a cuantas más ocasiones y circunstancias queramos. Todo es empezar y ya han empezado, aunque en algunos sitios nunca han parado.

El gobierno que “ajusticia” a un reo, está ofreciendo al público una imagen de firmeza ante los fragrantes delitos cometidos pero, en realidad, es una muestra de su debilidad e impotencia en afrontar un problema. Está dándole la carnaza que le pide un vulgo adocenado porque sabe que es la forma de tenerlos entretenidos. Con una ejecución se evita ir al origen, a las causas y aportar soluciones no solo eficaces sino permanentes pero no soluciona nada.

No me olvido de quien ha sufrido la muerte violenta de un allegado. No es esto lo que critico. Nadie duda de que haya que respetarle en su indignación y acompañarle en el dolor. El dolor que puede sentir una persona ante la muerte repentina de un ser querido es inmenso y no creo que tenga nada que ver con el número de fallecidos en la misma acción. Tal vez la forma puede añadir más desconsuelo. Otra cosa es lo que percibe la sociedad en su conjunto de sentirse agredida por afinidad.

Está demostrado que ni la pena de muerte ni los muchos años de cárcel resultan un freno eficaz a la delincuencia. Esto es así porque el verdadero problema no es personal sino estructural. De cómo hemos conformado la sociedad en la desigualdad, en la envidia, en el orgullo y en la codicia.

 Así que tendremos que convencernos de una vez que el único método no es otro que la educación. En la familia, en la escuela y en los medios de difusión. Educar en valores y adoctrinar menos. Valores de grupo, de respeto, de generosidad, solidaridad, lealtad, honestidad, agradecimiento, honradez, empatía, sinceridad, amistad, laboriosidad… donde no haya ese abismo cultural y económico entre personas por la razón que sea. Pero eso requiere planificación y esfuerzo y, sobre todo, voluntad.