2014-08-01

LA RAZON DE LA FUERZA

Se han cumplido cien años desde el inicio de la Primera Guerra Mundial y en todo este siglo ¿qué hemos aprendido? Nada. Actualmente hay en el planeta trece guerras, enfrentamientos armados abiertos y muchos enquistados, un montón de conflictos violentos de mayor o menor intensidad, sin hablar del crimen organizado y una creciente insatisfacción colectiva que se puede enconar en cualquier momento.

Unos no somos capaces de parar la barbarie y otros, que sí tienen la lección aprendida, la alientan porque saben que la fuerza les vale. Tienen palmariamente claro que la violencia y la fuerza son necesarias para el mantenimiento de su poder y de su estatus. El derecho a defenderse no deja de ser una excusa pobre y mentirosa.

La historia de la humanidad se ha construido a golpe de guerras y violencia. El equilibrio de poder internacional entre estados se establece en función del que cada uno exhiba o use, que no es otro que el mayor, más sofisticado o más letal armamento

Los Estados, o mejor sus gobernantes, cuando se produce un conflicto –muchas veces alentado por ellos mismos- ven una oportunidad de negocio o de tomar posiciones ventajosas. La Ley  y el Orden quedan para cuando ya se ha ganado. La moral y la ética solo existen para los de abajo.

Ejemplo notorio de ello son Ucrania y Palestina donde confluyen intereses de índole estratégico, territorial, económico, religioso, ideológico, con dos modelos antagónicos de entenderlo. Pero así como en Ucrania existe un equilibrio de fuerzas en la sombra – nuevamente la fuerza como argumento-, los palestinos son los que reciben toda la ira de los judíos y los que ponen los muertos.

Tras el holocausto judío y el establecimiento del Estado de Israel se realizó una potente y exitosa campaña a favor de su causa. Libros como Oh! Jerusalén de Dominique Lapierre y películas como Exodo de 1960 con Paul Newman u Odesa de 1974. Que casualidad, Odesa ciudad ucraniana y Jerusalen unidas por los mismos protagonistas judíos, aunque en distinta posición. En la primera como receptores de violencia y en la segunda como sembradores de muerte.

Aquella campaña generó una corriente de simpatía generalmente sentida. Ayudaba también que el régimen dictatorial de Franco, muy amigo del fascismo alemán que causó el holocausto, veía en el contubernio judeomasónico el eje del mal, con lo cual aquello no debía ser tan malo.

Pero la carnicería de los campos de concentración en modo alguno justifica la que están provocando ellos. La simpatía hace tiempo que se fue diluyendo y se ha tornado en animadversión ganada a golpe de bombardeos, de muerte de inocentes que son todo el pueblo palestino, de destrucción, de apropiación criminal de sus tierras y de ciscarse con total impunidad en todas las resoluciones de Naciones Unidas.



Tienen el dinero, tienen las armas y tienen el poder, pero no van a ganar porque no tienen la razón, ni la justicia, ni la verdad. 

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