10/10/14

ACTIVISMO VIRTUAL

Existe una vacuna eficacísima contra los males que asuelan la sociedad. No estoy seguro si se ha descubierto a propósito o se ha producido por el propio devenir en la forma de afrontar los problemas. En cualquier caso los efectos no los produce frente las calamidades o el mal ajeno que siguen intactos –igual de letales quiero decir-, sino que tiene efectos sedantes con quienes contemplamos el mundo desde nuestra atalaya.

Constantemente llegan a nuestro correo peticiones de firma de apoyo a causas de lo más variopintas. Seguramente la mayoría nobles y justas. De otras tengo mis dudas sobre sus verdaderos propósitos. Es cuando desde la comodidad de nuestro sofá y con una carga entre interesada y displicente, decides en unos segundos si la causa es digna de tu firma o la mandas directamente a la papelera.

En dos días se han recogido más de trescientas mil firmas para que no sacrificasen a un perro –que finalmente ha terminado achicharrado-, mientras su dueña y otros miles más sin nombre  morirán de ébola sin que aparentemente se haga nada eficaz por evitarlo. Luego vendrán los maratones televisivos, los retos solidarios, el día del lacito o la banderita en contra o a favor de algo. Con este empacho nos damos por cumplidos sin empatizar realmente con el problema. Desvirtuamos por completo el método. Lo hacemos inútil si no va acompañado de otras acciones.

De vez en cuando publican en los medios informativos noticias de conflictos armados, de matanzas, de torturas, de violaciones de personas y de derechos humanos, de hambruna. Parecen nuevos pero la mayoría se están repitiendo todos los días del año y no se detienen con la entrega de una caja con cincuenta mil firmas. El último estrago hace que olvidemos el anterior como si ya no existiera.

Tengo para mí que esto de las firmas se ha convertido en el gran timo. Como decía al principio posiblemente sea el mejor invento y a su vez el más maquiavélico. Quizás en un principio no fue así y tenía su efecto positivo, pero la casta dirigente entre sus escasas virtudes tiene la habilidad de saber cómo se puede retorcer en su beneficio lo que no le gusta. Vio que también de esto se podía sacar provecho y desvirtuar su fuerza. Acalla conciencias y crea en los firmantes la falsa ilusión de estar comprometidos en la resolución de causas nobles. El sistema funciona. Todo sigue igual.

Entre tanto llegan las elecciones y con la misma actitud irreflexiva –lo digo como lo pienso- con la que apoyamos, o no, una causa según nos da el aire, ese día depositamos el voto en los mismos que no han sabido o no han querido resolver los problemas o paliar las causas que han originado nuestras protestas. Porque en su desidia está su beneficio.