31/5/12

LA OTRA CARA DE LA PROFESIÓN

La afición y la vocación tienen en común esa inclinación natural de una persona a realizar alguna tarea. Muchos logran hacer de su vocación una profesión. Algunos afortunados empiezan como hobby lo que termina siendo su profesión. La mayoría tienen una profesión no vocacional, pero es raro encontrar a alguien que haya hecho de esta profesión forzada su afición. No digo acostumbrarse o cogerle cierto gusto a lo que haces –el cuerpo se adapta a todo-, sino a buscar el momento sin importarte el tiempo.

Viene esto a cuento de que últimamente he tenido relación directa o indirecta –o es que tal vez me he fijado más- con alguna de estas profesiones que por su idiosincrasia es necesaria mucha vocación para realizar un trabajo no ya digno sino eficiente, donde las satisfacciones pueden ser inmensas pero donde tiene su lado menos amable. Que están bien para un rato, pero para todos los días no se yo.

Me refiero al médico que empieza los estudios pensando en salvar vidas y después de seis años de carrera más la especialidad, pasa su jornada realizando tactos rectales, o volcado sobre un individuo a quien le huele el aliento intentando recomponerle los piños. O ese juez que dicta una sentencia condenatoria porque un testigo dice que vio lo que no vio; o porque su ideología influye en la interpretación de la norma; o porque al abogado defensor se le ha pasado el plazo de presentar un informe que otro profesional no le entregó. O ese profesor que no ha entendido el valor de educar; o el que intenta inútilmente que esa panda de zoquetes que pasan de todo menos de curso, entiendan la importancia de las matemáticas. También el psicólogo escuchando dramas reales o imaginarios, mundos paralelos, intentando recomponer personas con piezas desencajadas. O quien hace económicas con vistas a una gerencia y acaba en una sucursal bancaria colocando una imposición a plazo a cambio de un juego de sartenes a alguien que no necesita ni lo uno ni lo otro.

Hay otros oficios cuyo grado de satisfacción es directamente proporcional al grado de preparación requerido. El camarero que tiene que aguantar la chapa de un cliente borracho, la misma chapa que escucha la peluquera de una clienta que pregona de sí y de su familia lo que no son. O la dependienta que tiene que soportar los comentarios de la pija impertinente. Lo de las empleadas de hogar por lo obvio se comenta por sí solo.

Los funcionarios, aunque suene a topicazo, igual que los políticos que hacen de ello su profesión, son castas a las que hay que echar de comer aparte. El otro día en unas dependencias de la administración me atendieron bien, rápido, con interés, amabilidad y eficacia. Me extrañé teniendo en cuenta que iba de otro departamento donde tuve que pasar por varios niveles -donde las empleadas en corrillos planificaban el trabajo- dando a cada uno la misma explicación sin resultado satisfactorio. Así que le hice notar mi grata sorpresa y me dijo que eran de una empresa externa.

Cuando la repercusión de tu trabajo afecta a la salud o al bolsillo de otro, no solo hay que hilar fino sino trasmitir seguridad. A mi me pasa. Si ganan porque ganan y si pierden porque pierden. Si declaran o defraudan. Pero es en estas fechas de declaraciones de rentas y sociedades cuando se agudiza mi incomodidad. Hay algo que me molesta especialmente por el fondo y la forma. Es esa fatídica casilla donde mediante una cruz puedes destinar parte de la recaudación a la Iglesia Católica -en exclusiva- o a otros fines de interés social. Yo hace tiempo que me niego a preguntarlo y la dejo en blanco desde que un cliente me dijo que su dinero no lo quería ni pa pistolas ni pa hostias.













18/5/12

EL PLACER DE PENSAR

Leí por ahí que lo que más irrita a los tiranos es la imposibilidad de poner grilletes al pensamiento.

Siempre se ha intentado conocer el pensamiento más profundo de los demás. El cine y la literatura tienen muestras de ello, muchas macabras, pero lo más preocupante es que se haga en la vida real. Siempre mediante métodos de violencia física o mental.

Este es un campo en el que las religiones –todas- les gusta especialmente meterse para controlar al individuo, creando culpas, remordimientos, vigilancia divina. La religión católica se lleva la palma en sofisticación ya que crea la necesidad y la obligación de confesarse -método sutil donde los haya- para hurgar en las miserias íntimas. Incluso entre las formas en las que se puede pecar, además de hacerlo de palabra, obra u omisión –aspectos en los que estoy de acuerdo, siempre que hablemos de falta, no pecado- está el pecado de ¡¡¡pensamiento!!! Ahí es nada la insolencia. No sólo humillas al individuo sino que le tienes agarrado por ahí porque conoces sus secretos, te has apoderado de su YO. Le has desnaturalizado para siempre.

Qué gran cosa eso de pensar, de meditar, de analizar, de imaginar.  Es ahí donde reside nuestro verdadero yo. Lo que pensamos solo lo sabemos nosotros. Por mucho que queramos transmitirlo  siempre quedará algo que jamás saldrá de nuestra cabeza, bien porque no queremos o por la inevitable limitación de las palabras que no son capaces de recoger todos los matices.

Solo en nuestro interior se encuentra nuestra realidad en estado puro, sin aditamentos, porque desde el momento en que sale ya la estamos adulterando.  Lo más valioso e íntimo que tiene el ser humano son sus pensamientos. Pertenecen solo a él y solo él los puede conocer.

Y esto es maravilloso. Podemos hacer y deshacer lo que queramos sin miedo a los demás. Podemos idear, especular, triunfar, hablar, rememorar momentos queridos. Cuantos problemas solucionamos, cuantas guerras ganamos, cuantos placeres sentimos, cuantos desacuerdos y reconciliaciones. Podemos arreglar el mundo o destruirlo. Puedes estar mirando a una persona con una sonrisa en los labios, incluso diciéndole algo y pensar de ella los mayores improperios o alabar sus aparentes cualidades, sin que la susodicha tenga la mínima noción del retrato que le hemos fabricado.

La meditación produce actividad neuronal y esta lleva a mejorar los niveles de capacidad mental. Pero lo malo de los pensamientos es que no tiene efectos frente a terceros, a no ser que vivamos tan intensamente la situación que la demos por real y actuemos como si aquello que hemos pensado hubiera ocurrido realmente, lo que nos llevaría al desastre.

Decía Oscar Wilde: “Me gusta escucharme a mi mismo, es uno de mis mayores placeres. A menudo mantengo largas conversaciones conmigo mismo y soy tan inteligente que a veces no entiendo una palabra de lo que digo.”

Pensar es placer en su más pura esencia.