4/12/11

MI ÚLTIMO VERANO

Me sorprendo a mi mismo rebuscando en la papelera de mi cerebro y rescatando recuerdos almacenados. No me explico el motivo. Tal vez sea un recurso defensivo ante lo incierto que se avecina, que da un poco pa´trás. En cualquier caso lo hago con nostalgia.

Uno de los primeros recuerdos de los que tengo memoria sobre los veranos que pasaba en el pueblo con mis primos, es la caída en una acequia y mucha gente agolpada a mi alrededor. No tendría más de cuatro o cinco años por lo borroso de la imagen. Aquello debió impactarme bastante porque durante un tiempo estuve recreando la escena con un juego de piezas de madera de colores.

Nunca he sabido por qué era yo el elegido entre mis hermanos, no siendo ni el primero ni el último. Pero el caso es que por unos días dejaba la cuidad para asilvestrarme convenientemente en compañía de otros asilvestrados de mi edad que -estos sí- ejercían de tales oficialmente.

Los recuerdos no son muchos, pero algunos muy concretos. Son imágenes imborrables que se proyectan en mi mente como retazos de una de película antigua.

Mis tíos vivían en una casa de piedra de dos plantas que se encontraba detrás de la iglesia. En la parte de abajo había una tienda donde seguramente venderían de todo, pero solo reclamaban mi interés dos cosas. Una enorme bola de cristal encima del mostrador de madera, que contenía chicles, a su vez en forma de bolas de colores, y unas tiras pegajosas, amarillentas colgando del techo y llenas de moscas.

De la casa perdura la imagen de un desván misterioso, con una tarima crujiente y los rayos del sol entrando por las rendijas y un distribuidor o descansillo que había al lado de las escaleras del primer piso y donde se comía y cenaba. Recuerdo la advertencia que le hice a mi primo Carlos sobre el ruido ensordecedor que hacía al sorber la sopa y cómo me contestaba que los hombres comían la sopa así.

El día lo pasábamos en la calle. Me entendía bien con Ignacio, otro primo con quien iba a todas partes. Cuando los agricultores venían con la paja, aprovechábamos para colgarnos de las galeras, pues entonces aún se usaban estos carros tirados por caballería. Metían la paja en el granero y nos incitaban a los chavales a saltar sobre ella con la intención de que la fuéramos aplastando, pero para nosotros era un juego más. Así hasta que –terminada la faena- nos mandaban a silbar a la vía.

Y ahí es precisamente donde de vez en cuando íbamos. En las vías poníamos chapas –también piedras- para que el tren al pasar las alisara. De paso solíamos visitar alguna huerta y arramplar con cualquier fruta que se pudiera. Aún me veo subido el aquella esplendida higuera a la orilla del río.
Un río que con la sequía estival se secaba a partir del pozo que había debajo del puente. Este hecho me hacía pensar que los ríos se terminaban. Sin más.  Descubrir que desembocaban en otro o en el mar fue una sorpresa.

Ignacio me enseñó la macabra diversión de cazar perros. Tenía ingenio la cosa. Cogíamos pequeñas cuerdas con nudo que tiraban de la conservera. Soltábamos el nudo y con paciencia íbamos haciendo una cuerda larga. Atábamos una piedra a un extremo de la cuerda y el otro lo sujetábamos en una hendidura de la parte superior de la tapia de la iglesia de manera que la piedra quedara colgando. Debajo poníamos un cebo para que acudieran los perros y… a esperar. La verdad es que no recuerdo su eficacia.

Un buen día me encaramé a una ventana con intención de acceder al tejado. Mi tío, que estaba en la calle, me vio y mientras yo me escondía debajo de la cama, él casi llorando –no sé qué pensó-, me buscaba por toda la casa diciéndome que no me iba a pasar nada.

Nunca he sabido si influyó aquel hecho o si en cualquier caso hubiera sido así, pero aquel fue mi último verano.