19/8/11

EJERCICIO FÍSICO, OBSERVACIÓN Y MEDITACIÓN

Mis largos paseos con una silla de ruedas, por suerte en el lado de empujar, además de ser un excelente ejercicio físico, dan tiempo para la observación y la meditación.

            De lo segundo estoy satisfecho ya que la actividad me permite ensimismarme en mis fantasías o profundizar en alguna idea. Algo a lo que normalmente dedicamos, al menos yo, poco tiempo. El trabajo y el ocio absorben cuerpo y mente. Mientras conduces te dedicas, como es mi caso, a criticar lo mal que lo hacen los demás o, en algunas ocasiones, a planificar aquello para lo que te desplazas, o para cosas livianas y no da para un análisis sosegado.

            El poco tiempo restante -lectura, TV, ordenador, etc.- es incompatible con el libre deambular de tu imaginación.

            En cuanto a la observación me refiero a aquellos aspectos que hay a tu alrededor y que normalmente no se perciben si no es en tal circunstancia. Entre ellos quiero destacar los siguientes:

Mi ciudad es pequeña. Un par de horas a buen ritmo es suficiente para circunvalarla si prescindimos de algún barrio de poco interés.

Aún con ser una ciudad pequeña, me sobran tres o cuatro barrios. Mal planificados, mal construidos y que no aportan nada al conjunto si no es incrementar los problemas de una ciudad que, para mi gusto, ha crecido demasiado.

No está convenientemente adaptada para las sillas. O no hay rebajes de acera, o no están adecuadamente acabados. Las obras y mantenimiento de baldosas y aceras son un desastre. Hay tramos en los que hay tantas baldosas sueltas que, al pasar, parece que entones una sinfonía. Las baldosas con relieve adaptadas para invidentes, son inadecuadas para las sillas.

Infinidad de obras para remendar lo que de origen se hizo mal o lo que el tiempo ha deteriorado. Están mal señalizadas y son difíciles para sortear.

Lo mal que aparcan coches y motos invadiendo espacios que dificultan tu tránsito.

La gran cantidad -cada vez se ven más- de bajeras y locales comerciales cerrados. Algunos son de negocios recientes que no cuajan, pero otros son establecimientos de toda la vida.

Encuentras locales extrañísimos por su aspecto, por su destino o por las personas que lo regentan. Casi todos en la parte vieja o en barrios.

Existen infinidad de rincones y detalles desconocidos y curiosos. Los más interesantes en casco viejo y primer y segundo ensanches.

Te cruzas con colegas con los que sueles intercambiar alguna mirada de complicidad-solidaridad y, no te digo que no, también de comparación. A veces acompañado de un leve saludo. Curiosamente esto solo se produce si el otro porteador es pariente del impedido/a.

Muchos conductores-cuidadores proceden de algún país sudamericano. Lo que daría para un largísimo comentario, pero se sale del tema.

Ves gente de lo más variado en la que, en otras circunstancias, igual no reparas. Pero lo que me llama la atención es la cantidad de gente rara que vive a tu alrededor. Y no precisamente por ser una ciudad cosmopolita como puede ser Londres o N.Y., donde te encuentras de todo, sino por aquellos de los que dices: de dónde coño habrá salido este tío/a. O sea, raros, raros.

Me jode un montón los que se te quedan mirando con todo el descaro del mundo desde que entras en su campo de visión hasta que los sobrepasas, por lo menos. En su inmensa mayoría son maduritos y con cara de feroz inteligencia y. lo siento, predominan las mujeres.

Me agrada la amabilidad y disposición del personal, incluso en las aglomeraciones, para que pases, subas, entres o salgas. Siempre te hacen hueco, ceden el paso  o están prestos a ayudarte. Incluso si descuidadamente les envistes con la silla. Miran y no se quejan, al menos en voz alta.

Procuraré sacarle partido a esta ocupación mientras dure y el tiempo no lo impida, ya que, según parece, esta es la actividad perfecta: ejercicio físico, ejercicio mental, compromiso con el necesitado, interrelación familiar, conocimiento del entorno...